un tiro en el pie



El gobierno fue por lana y salió trasquilado. Con el cierre de las exportaciones de carne vacuna, logró el efecto contrario al buscado: los precios internos se dispararon de inmediato, dejando malparado al propio presidente Alberto Fernández, quien había explicado con aire de suficiencia que “es elemental, si hay menos exportaciones hay más oferta y eso hace bajar los precios”. La realidad es la única verdad. Un tiro en el pie.

Y la realidad siempre se subleva, nos recuerda siempre Jorge Castro. La cuestión es que la granada que lanzó el gobierno desparramó esquirlas por todos lados. No solo impacta en la cadena de la carne, sin duda la más extendida territorialmente en la Argentina (hay vacas desde Jujuy a Tierra del Fuego). También la de mayor prestigio internacional, en un mundo en el que se cruza una tendencia al abandono de las proteínas animales por parte de un segmento de alto nivel socioeconómico y cultural, con una tendencia aún más fuerte al incremento del consumo por parte de quienes van mejorando sus ingresos. Proceso liderado por la República Popular China, pero con réplicas en todo el mundo, la carne vacuna es un aspiracional indiscutible.

Lo que este default comercial produjo es una cuota adicional de desprestigio. Un reconocido operador había logrado abrir, con mucho trabajo, el mercado israelí para la carne fresca. Hasta ahora iban cuartos delanteros salados, lo que es un buen producto. Pero la alternativa de llegar con carne fresca significaba una salto cualitativo. Era bueno también para el importador, que anhelaba mejorar la oferta a sus clientes. Entonces, cortó el contrato que tenía con un proveedor de Polonia y cerró trato con el frigorífico argentino.

Al mes de empezar los embarques, llegó la decisión de Fernández (y no vamos a decir que fue Kicillof, o Paula Español, porque el propio presidente se confesó haber caído en la tentación del bien). Consecuencia: el importador israelí no quiere saber más nada ni con los cortes frescos, ni con los cuartos delanteros salados que compraba antes.

Resultado colateral: cuando se logran buenos precios en la exportación, los frigoríficos vuelcan al mercado interno todo el resto del animal, que es lo que se consume localmente, a precios más acomodados. Sucede cuando la cuota Hilton, los cortes de alto valor para el mercado europeo, tiene buen precio. Como ahora. O la cuota 481 para animales de feedlot. Cuando más se exporta, más se pueden “subsidiar” los precios internos.

Esto se verifica desde hace décadas. Recuerdo que un amigo que gerenciaba un supermercado en Junín, un día me preguntó cómo era posible que el asado que le vendía el frigorífico Rioplatense (gran exportador) era mucho más barato que el del frigorífico local. A mí también me intrigaba, pero con el tiempo aprendí.

Por supuesto, si se sostiene el cierre de exportaciones por mucho tiempo, al final va a sobreabundar la carne y los precios van a bajar. Cuando esto sucede, el interés por la actividad desaparece, y entonces viene la liquidación. Con el agravante de que –a diferencia de lo que sucede con otras industrias—la máquina herramienta (la vaca, o el ternero) son también el producto final.

Lo explico. Si uno tiene un torno que hace tornillos, cuando el tornillo no vale, el torno se deja parado o se vende, y el que lo compra lo dedica a otra cosa. Pero cuando el torno es una vaca, si la vendo va al frigorífico. Y allí se convierte en carne. Más carne en el mercado, precios aún más bajos. La espiral negativa termina cuando de pronto no hay más. Pasó infinidad de veces, la última nos costó 10 millones de cabezas.

Dedicamos este suplemento a la nueva ganadería del norte. Estaba planificado antes del cierre de exportaciones. Decidimos seguir adelante con el informe. Un homenaje a los que hacen, invierten, crean, y no se achican marchando por la cornisa y con niebla. Y la esperanza de que se despeje la niebla en las cabezas de los decisores.



Fuente