Sugar Ray Robinson vs Jake LaMotta: la Masacre del Día de San Valentín


“Hay demasiada violencia en el mundo”, reflexionaba Jake LaMotta en 1988 frente al público que lo escuchaba en el Detroit Athletic Club. Y remataba: “La mayor parte es perpetrada contra mí por Sugar Ray Robinson”. Habían pasado 37 años desde la última vez en que había enfrentado al hombre que muchos especialistas consideran el mejor boxeador de todos los tiempos. A los 65 años, LaMotta había podido convertir en un gag de su show cómico aquello que en 1951 había sido para él una noche de escalofrío.

Si bien en Argentina es una celebración minoritaria e importada recientemente, en Estados Unidos los festejos del Día de San Valentín tienen un fuerte arraigo y se remontan a mediados del siglo XIX. Sin embargo, la conmemoración está asociada también a dos hechos ocurridos un 14 de febrero en Chicago y que poco tienen que ver con el amor. El primero, el asesinato en 1929 (presumiblemente ordenado por Al Capone) de siete miembros de la North Side Gang, una de las organizaciones irregulares que pujaba por el control del tráfico de alcohol en la ciudad en tiempos de la ley seca. El otro, el sexto enfrentamiento entre LaMotta y Robinson en 1951. Ambos son recordados como la Masacre del Día de San Valentín.

Si bien resulta poco feliz homologar una balacera con ametralladoras Thompson y un combate de boxeo, el marketing así lo hizo. Y si lo hizo fue por la aspereza extrema de ese duelo que le puso fin a una gran rivalidad deportiva entre dos púgiles de características muy distintas. Robinson era un boxeador elegante, con una técnica extraordinaria, que se movía como una gacela sobre el cuadrilátero. LaMotta era un peleador durísimo, inquebrantable, que lanzaba a granel y sin miramiento, muchas veces sin importar lo que pudiera recibir a cambio. “Inconscientemente, peleaba como si no mereciera vivir”, reflexionó años después de su retiro.

Mucho antes de aquel capítulo final y antes también de haber alcanzado la cima del pugilismo, estos dos adversarios habían construido una extensa historia compartida sobre el ring: se habían enfrentado por primera vez el 2 de octubre de 1942 en el Madison Square Garden. Pese a dar una enorme ventaja de tonelaje (registró 65,8 kilos, frente a los 71,6 de su rival), una situación que se repetiría en cada uno de los duelos posteriores, Robinson, cuyo verdadero nombre era Walker Smith, se había impuesto claramente por decisión de los jueces.

Cuatro meses más tarde, el 5 de febrero de 1943, volvieron a encontrarse en el Olympia Stadium de Detroit, la ciudad en la que LaMotta viviría sus noches más gloriosas. Entre ellas, esa. En el octavo asalto, una derecha al cuerpo y una izquierda a la cabeza no solo derribaron a Robinson, sino que además lo hicieron viajar fuera del cuadrilátero. Mientras estaba regresando, sonó la campana que dio fin al asalto y lo salvó del nocaut. El Toro del Bronx terminó ganando por puntos y puso fin a la racha invicta de Sugar, que desde su debut profesional había encadenado 40 victorias y ninguna mancha.

Jake LaMotta envía fuera del ring a Sugar Ray Robinson durante la segunda pelea entre ambos.

En el mismo escenario se midieron apenas tres semanas más tarde. En el medio, Robinson había batido en Nueva York a California Jackie Wilson. Si bien el púgil de Harlem visitó el tapiz en el octavo asalto, la ventaja que había construido hasta entonces había sido tan clara que le permitió imponerse holgadamente por puntos y completar 30 rounds de actividad en apenas 21 días.

La urgencia de Robinson por pelear (y recaudar gracias a ello) estaba justificada: un día después del tercer enfrentamiento con LaMotta, debió incorporarse al Ejército de Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial. Nunca tuvo que entrar en combate, pero realizó junto al campeón mundial pesado Joe Louis una gira por distintas bases, en las que hizo exhibiciones para los soldados. Recién el 3 de julio de 1944 recibió una baja honorable como sargento. En ese período de 15 meses, solo realizó tres peleas profesionales.

LaMotta, en cambio, había podido continuar su carrera sin interrupciones porque había eludido el reclutamiento debido a una disminución auditiva que sufría tras una operación infantil en uno de sus oídos, presumiblemente derivada de una de las frecuentes palizas que le propinaba su padre, un inmigrante siciliano que se ganaba la vida vendiendo frutas y verduras.

En febrero de 1945, mientras el Ejército Rojo avanzaba hacia Berlín, Robinson volvió a vencer por puntos a LaMotta, esta vez en el Madison Square Garden de Nueva York. A fines de septiembre, unas semanas después de la rendición japonesa, se impuso nuevamente, ahora en el Comiskey Park de Chicago y en un duelo más cerrado, al punto que buena parte del público reprobó la decisión de los jueces. “Esta fue la pelea más dura que tuve con él”, reconoció el vencedor.

Sugar Ray Robinson derrotó a Jake LaMotta el 23 de febrero de 1945 en el Madison Square Garden de Nueva York.

Sugar Ray Robinson derrotó a Jake LaMotta el 23 de febrero de 1945 en el Madison Square Garden de Nueva York.

Luego de ese quinto enfrentamiento, los caminos de ambos se bifurcaron. Por esos días, Robinson era considerado el mejor wélter del planeta y si no había accedido a una chance mundialista había sido por el virtual congelamiento de los títulos durante la guerra y también por su negativa a pactar con los representantes de los negocios opacos que por esos días manejaban el boxeo estadounidense.

La espera se hizo mucho más larga de lo deseado, pero Sugar finalmente tuvo la oportunidad de combatir por el cetro de las 147 libras (que Marty Servo había dejado vacante) y no la desaprovechó: superó por decisión a Tommy Bell en el Madison el 20 de diciembre de 1946 y se apoderó de una corona que conservaría más de cuatro años. Si bien en ese período solo la expuso cuatro veces, realizó 48 combates, la mayoría en peso mediano: se impuso en 47 y empató el restante.

Sugar Ray Robinson ganó el título mundial wélter al superar a Tommy Bell en el Madison Square Garden en diciembre de 1946.

Sugar Ray Robinson ganó el título mundial wélter al superar a Tommy Bell en el Madison Square Garden en diciembre de 1946.

LaMotta también tuvo su oportunidad, aunque debió esperar más e incluso recurrir a maniobras non sanctas. En 1960, cuando llevaba más de un lustro retirado, declaró ante el Subcomité Antimonopolio del Senado estadounidense, que investigaba los supuestos vínculos de organizaciones ilícitas con el boxeo, y reconoció que se había dejado vencer en un combate ante Billy Fox en noviembre de 1947, ya que esa había sido la condición que le había impuesto Frank Blinky Palermo, mánager de Fox y hombre fuerte del crimen organizado en Philadelphia, para acceder a un combate por el título mediano.

“Nunca tuve un mánager, no confiaba en nadie. Me merecía una oportunidad por el título, pero nadie quería pelear conmigo, así que sentí que esa era la única forma en que podía tener una chance. Y tuve que perder esa pelea. Era solo un niño y pensé que era la forma en que había que hacerlo”, explicó en el libro In this corner, de Peter Heller, publicado en 1973.

Aquella noche, Fox propinó un duro castigo al Toro, que pese a ello no fue derribado (el árbitro detuvo las acciones en el cuarto asalto). La derrota generó tales suspicacias que la Comisión Atlética del Estado de Nueva York terminó suspendiéndolo por siete meses y le aplicó una multa de 1.000 dólares, aunque argumentando que no había reportado un lesión en el bazo antes del combate.

Esa derrota y un pago en efectivo de 20.000 dólares, según también admitió, le valieron la chance de enfrentar al francés Marcel Cerdan por la corona de las 160 libras el 16 de junio de 1949 en Detroit. Ante un rival disminuido por una lesión en el hombro izquierdo que sufrió en el primer round y que fue limitando su capacidad de lanzar golpes, el estadounidense se impuso por nocaut técnico en el noveno episodio.

Jake LaMotta le quitó el título mundial mediano a Marcel Cerdan en la última pelea del francés.

Jake LaMotta le quitó el título mundial mediano a Marcel Cerdan en la última pelea del francés.

La revancha, pactada inicialmente para el 28 de septiembre de ese año y luego postergada para el 2 de diciembre, nunca pudo concretarse debido a que Cerdan falleció en un accidente aéreo cuando viajaba hacia Nueva York para prepararse para el combate. LaMotta recién pudo exponer su título en julio de 1950, cuando batió al italiano Tiberio Mitri en el Madison. Dos meses después, noqueó en el 15° round al francés Laurent Dauthuille en una dramática contienda en el Olympia Stadium de Detroit, la ciudad que siempre le sonreía.

Entonces aquellos caminos que se habían separado cinco años antes volvieron a unirse. LaMotta, que por entonces tenía un récord de 78 victorias, 14 derrotas y 3 empates, y que jamás había sido derribado, pactó su tercera defensa para el 14 de febrero de 1951, el Día de San Valentín. Su adversario sería Robinson, monarca de la división wélter, que había ganado 121 de sus 124 combates profesionales y solo había perdido uno: ante el hombre al que enfrentaría por sexta vez.

Después de 12 años y medio, un combate mundialista encontraría frente a frente a dos campeones vigentes. La última vez había sido el 17 de agosto de 1938, cuando Henry Armstrong, monarca pluma y wélter, le había arrebatado el título ligero a Lou Ambers en el Madison Square Garden.

Si bien Robinson era considerado el mejor púgil del planeta, tenía una marca muy favorable en los duelos ante LaMotta y había hecho buena parte de sus últimas presentaciones en categoría mediano, para él representaba un desafío dar ese salto para intentar apoderarse del cinturón de las 160 libras. Sin embargo, la balanza terminó siendo su aliada. Y una enemiga implacable para el Toro del Bronx.

Jake LaMotta debió esforzarse al máximo para alcanzar el límite de la categoría mediano para la sexta pelea con Sugar Ray Robinson, quien, en cambio, dio el peso con comodidad.

Jake LaMotta debió esforzarse al máximo para alcanzar el límite de la categoría mediano para la sexta pelea con Sugar Ray Robinson, quien, en cambio, dio el peso con comodidad.

“Cinco días antes de la pelea, prácticamente muriéndome de hambre, estaba en 160 libras (72,6 kilos). Pero estaba tan débil que tuve que dejar de entrenarme. Solo comía un trozo de bife y una pequeña taza de té tres veces al día. Cuando me pesé la noche anterior a la pelea, di 164,5 libras (74,6 kilos). Estuve toda la noche en la sala de vapor: entraba y salía, entraba y salía. Finalmente di 160 libras, pero estaba muy débil. Tomé brandy antes de la pelea para darme algo de fuerza”, contó el campeón en In this corner.

En esas condiciones subió al ring montado en el Chicago Stadium, al que asistieron 14.802 espectadores. A sabiendas de eso, el retador trazó una estrategia con la que apostó a que LaMotta se agotara en la primera mitad de la contienda y a sacar rédito luego de ese desgaste. Así, el duelo experimentó un cambio dramático en su Ecuador. Ese desarrollo fluctuante quedó plasmado en el reportaje fotográfico realizado por la revista Life, que eligió reconstruir el combate a partir de las expresiones de los rostros de Vikki Thailer y Edna Mae Holly, las esposas de los boxeadores.

En los primeros ocho rounds, se vio una versión pura y plena de LaMotta, atacando constantemente y aprovechando los huecos que generaba en la defensa de su rival en base al lanzamiento pertinaz de golpes, aunque también recibiendo en buena dosis. Si bien nunca hizo tambalear a Robinson, le alcanzó para construir una pequeña ventaja en las tarjetas: al final del octavo episodio, tanto el árbitro Frank Sikora como el juez Franklin Spike McAdams lo llevaban adelante en la puntuación.

Vikki Thailer sufre durante los últimos rounds de la sexta pelea entre su esposo, Jake LaMotta, y Sugar Ray Robinson.

Vikki Thailer sufre durante los últimos rounds de la sexta pelea entre su esposo, Jake LaMotta, y Sugar Ray Robinson.

Pero la lucha que había sostenido con la báscula en los días anteriores tuvo consecuencias: al iniciar el noveno asalto, el campeón había agotado casi toda su energía y no había podido sacar de pelea a su rival, que, a partir de entonces y con una vivacidad notable, pisó el acelerador.

Los rounds se convirtieron en conciertos de tres minutos en los que el retador desplegó su variedad de golpes con potencia y precisión ante un púgil que se desinflaba y solo tenía para contrarrestar un coraje a toda prueba.

Con ese agotamiento a cuestas, LaMotta lanzó su última ofensiva en el 11° episodio: contra su esquina acorraló a Robinson y descargó sobre su cuerpo y su cabeza una tormenta de más de 20 golpes. Pero el retador soportó a pie firme, escapó de la encerrona y contragolpeó. Junto a Sugar se escabulló también la última chance de que el título quedara en manos de su propietario.

Edna Mae Holly anima desde el ring side a su esposo, Sugar Ray Robinson, en el tramo final de la sexta pelea ante Jake LaMotta.

Edna Mae Holly anima desde el ring side a su esposo, Sugar Ray Robinson, en el tramo final de la sexta pelea ante Jake LaMotta.

Sin movilidad ni defensa, con el rostro inflamado y la boca ensangrentada, LaMotta recibió en el 12° capítulo una tunda que casi ningún ser humano podría haber asimilado sin perder la vertical. En el descanso posterior a estos tres minutos de pesadilla, el médico de la Comisión Atlética de Illinois lo revisó atentamente. Ni el galeno ni los asistentes del todavía campeón consideraron apropiado poner fin a la pelea.

Para entonces, el único objetivo al que el Toro podía aspirar era conservar el orgullo de nunca haber sido derribado. Lo logró: después de 124 segundos de castigo en el 13° round, el árbitro Frank Sikora detuvo el pleito. Ayudado por las cuerdas, el vencido permanecía de pie. Su cuerpo seguía sin conocer la rugosidad de la lona. Mientras tanto, el ganador celebraba la obtención de la corona.

“Es el tipo más duro con el que me enfrenté, nunca conocí a nadie que fuera más agresivo y rudo que él”, aseguró Robinson años después. “Si el árbitro hubiese aguantado 30 segundos más, Sugar Ray se habría derrumbado de tanto pegarme”, sostuvo LaMotta, que después de esa derrota debió recibir asistencia respiratoria en su vestuario.

Si bien cuando había firmado el contrato de esa pelea, LaMotta había incluido una clásula que fijaba la opción de una revancha automática en junio en Nueva York en caso de perder, pero nunca la hizo efectiva. De hecho, nunca volvió a pelear en la división mediano y su trayectoria inició su ocaso. Se retiró en abril de 1954 con un récord de 83 triunfos, 19 derrotas y 4 empates. Un tiempo antes, el 31 de diciembre de 1952, Danny Nardico había conseguido lo que nadie había logrado hasta entonces: lo había enviado a la lona en el séptimo asalto de la pelea que le ganó por nocaut técnico.

Casi sin pausa tras su consagración, Robinson se embarcó en una gira europea en la que hizo seis peleas en 41 días y apenas nueve días después de la última expuso su corona: la perdió en Londres ante el inglés Randolph Turpin, al que vencería en la revancha dos meses más tarde.

Después de dos defensas exitosas ante Bobo Olson y Rocky Graziano, Sugar cayó por nocaut técnico ante Joey Maxim en junio de 1952 en su intento por conquistar el título mediopesado. Fue la única derrota antes del límite de su carrera y la que marcó su primer retiro, cuando ostentaba una marca de 132 triunfos, 3 reveses y 2 empates.

Robinson había amasado una buena fortuna que había invertido en un pool de comercios (fue propietario de un club nocturno, una tintorería, una tienda de lencería y una peluquería). Eso le permitió pasar dos años bailando tap y disfrutando de su jubilación. Pero los negocios desbarrancaron y su economía empezó a flaquear, por lo que debió volver al cuadrilátero en 1955. Su segunda etapa profesional no fue menos destacada: ganó y perdió otras tres veces el título mediano. Su adiós definitivo llegó en noviembre de 1965, cuando tenía 44 años.

Sugar Ray Robinson junto al actor Gary Coleman.

Sugar Ray Robinson junto al actor Gary Coleman.

Alejado del pugilismo, el multicampeón creó la Sugar Ray Robinson Youth Foundation, una organización destinada a brindar asistencia y apoyo a niños, niñas y adolescentes de Los Ángeles. También incursionó en la actuación: participó en películas como The Detective (protagonizada por Frank Sinatra) y también en capítulos de varias series televisivas.

Al igual que el rival que lo había vencido cinco veces, LaMotta también se animó a actuar. Después de cumplir una condena de seis meses de prisión en 1957 por incitar a una menor a prostituirse en una discoteca de su propiedad, intervino en más de una decena de películas y también realizó monólogos en un club nocturno de Miami. Además, con asistencia de Joseph Carter y Peter Savage, escribió su autobiografía, Raging Bull, que fue publicada en 1970. La adaptación de ese libro llegaría al cine una década después de la mano de Martin Scorsese. LaMotta se encargó de entrenar para su papel a Robert De Niro, quien ganó un Oscar por esa interpretación.

Jake LaMotta dialoga con Robert De Niro durante una jornada de rodaje de Raging Bull.

Jake LaMotta dialoga con Robert De Niro durante una jornada de rodaje de Raging Bull.

La vida marital de Toro del Bronx fue tan agitada como su carrera profesional: contrajo matrimonio siete veces. La sexta fue con Theresa Miller el 13 de abril de 1985 en el Maxim Hotel & Casino de Las Vegas. A la ceremonia asistieron viejas glorias del boxeo como Gene Fullmer, Carmen Basilio, Willie Pep, Joey Maxim, Billy Conn y José Torres. El padrino de la boda fue Sugar Ray Robinson.

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