si no se eliminan, que vuelvan en inversión



El ninguneo al campo en el discurso del presidente Alberto Fernández al inaugurar el período de sesiones del Congreso enervó a la dirigencia ruralista. Con justa razón, porque si esto no estalló en mil pedazos fue porque los chacrers hicieron de cuenta que el kirchnerismo ya no es lo que era y siguieron huyendo hacia adelante. La consecuencia es que los dólares siguen fluyendo: 4 mil millones en los dos primeros meses del año. Bastante más que en el 2020.

Esto es consecuencia de dos cosas. Primero, el ingreso de divisas venía medio atrasado por los paros de camioneros. Segundo, por la sensible mejora de los precios internacionales. Vale la pena detenerse en este punto, porque ya se sabe que los árboles no llegan hasta el cielo. En el gobierno cohabitan dos corrientes: la que quiere aprovechar la bolada y manotear estilo retenciones móviles. Y los de la onda Martín Guzmán, que dijo que dejando el nivel de retenciones como está, se va a recaudar más y es suficiente.

Unos y otros toman lo ajeno como propio. Las retenciones son una exacción y deben erradicarse de una vez. Pero hasta la dirigencia ruralista entiende –quedó bien explícito en las ponencias de la Mesa de Enlace en un zoom de la Fundación Libertad de Roario el jueves pasado— que no están dadas las condiciones para borrarlas de un plumazo. Pero como esto es materia opinable, voy a opinar un poco.

Ya he propuesto múltiples alternativas para terminar con los derechos de exportación, el impuesto más regresivo y anti tecnológico que existe. Hemos propuesto que se los considere como un anticipo de ganancias. También que se los convierta en una especie de ahorro forzoso, entregando un bono valor producto o dolarizado por el mismo monto de las retenciones. En mi barrio, si alguien necesita pide prestado. Si no existieran los sojadólares, el gobierno gastaría menos y pediría préstamos aquí y afuera.

Pero la realidad es que este año la recaudación por retenciones promete unos 7.500 millones de dólares. Esto es, 2.500 más que en el 2020. Sin resignar el principio de que los derechos de exportación deben eliminarse, valdría la pena ensayar una idea: invertir la carga de la prueba y convertir el concepto de las retenciones móviles en algo a favor del sector.

Concretamente, exigir que esos 2.500 millones adicionales vuelvan en vivo y en directo al sector que le dio origen. Es decir, que si el año pasado recaudaron por esta vía 5.000 palitos “posta” (porque lo que entran no son dólares oficiales sino billetes reales), este año deberían arreglarse con lo mismo. El campo tendrá que esperar el momento de la reparación histórica para que se le devuelvan algún día estos 5.000 millones del peaje que paga por el derecho a producir.

Pero el excedente tiene que volver. Un estudio que la Fundación Por Pergamino, liderada por César Belloso (uno de los mejores talentos de la generación que produjo la Segunda Revolución de las Pampas), le encargó al think tank riocuartense FADA, demuestra que tres partidos de la zona núcleo en la provincia de Buenos Aires transfirieron al Estado nacional 400 millones de dólares por año. Y explican lo que podría hacerse en esos tres municipios (Pergamino, Rojas y Salto) si ese dinero quedara en la región.

Bueno, no seamos tan ambiciosos. Pidamos que sólo quede el excedente que genera la bonanza de los precios. Serían unos 150 millones. Una cifra imponente, que permitiría la reconstrucción de miles de kilómetros de caminos rurales, hospitales, escuelas, más lo que podrían hacer los privados con la construcción de criaderos de cerdos, plantas agroindustriales (etanol, biogás, frigoríficos, lácteas).

Es muy difícil lograr convencer al partido de gobierno, entretenido en otras tareas menos altruistas, de que avance en esta dirección. Pero es el momento de plantear un cambio. Sin resignar el principio de que las retenciones deben terminar. Como dice un proverbio chino, un camino de 1000 millas se inicia con un primer paso.



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