Robert Johnson, el blusero que inauguró el club de los 27: pacto con el diablo, muerte dudosa y tres tumbas con su nombre


Pocos músicos encierran en su historia tantos enigmas como los que se desprenden de la mención de Robert Johnson, uno de los referentes del blues cuya historia, a 110 años de su nacimiento, sigue planteando más interrogantes que respuestas.

Por eso mismo, su corta vida fue -y sigue siendo- tierra fértil para tejer distintas leyendas que van de un pacto con el diablo para adquirir una destreza en el manejo de la guitarra que estaba lejos de poder exhibir apenas seis meses antes, a una muerte por envenenamiento a manos de un marido celoso.

En ese marco, las certezas son tan escasas que ni siquiera está del todo acreditado que la fecha del nacimiento de Robert haya sido, tal como se da por válido, el 8 de mayo de 1911.

Dedos largos y cigarrillo. Una de las dos fotos que existen de Robert Johnson, el guitarrista de blues.

De lo que sí existe documentación, es de que el músico llegó al mundo en Hazlehurst, un pueblito del estado de Mississippi ubicado unos 400 kilómetros al sur de Memphis, donde finalmente pasaría su primera infancia, al cuidado de Charles Dodds, a la sazón esposo de su madre, Julia Major.

También se sabe que antes de entrar en la adolescencia se reencontró con ella, para vivir en una plantación ahí nomás del Río Mississippi, en una de las más grandes plantaciones de algodón, vecina de Commerce, una especie de paraje fantasma cercano a Tunica Resorts, que alguna vez fuera Robinsonville.

Allí, otra de las certezas indica que a los 19 años Robert, que ya había hecho propio el apellido de su padre biológico, se casó con Virginia Travis, una chica de 16 que murió poco tiempo después, mientras daba a luz.

La situación propició que el chico fuera acusado de haberle vendido su alma al diablo; bien por dedicar su vida a cantar canciones profanas, bien por haber resuelto desatender sus deberes de buen esposo para dedicar sus días a la experiencia de ser músico.

La tapa del libro con las memorias de la hermanastra de Robert Johnson, publicado por Editorial Hachette, exhibe  la tercera foto que se conoció del músico.

La tapa del libro con las memorias de la hermanastra de Robert Johnson, publicado por Editorial Hachette, exhibe la tercera foto que se conoció del músico.

Un cambio “milagroso”

Sea como fuere, al ya casi veinteañero Robert dejó de vérselo por la zona durante un tiempo, al cabo del cual hizo su reaparición tocando la guitarra de una manera endemoniada que poco tenía que ver con la rudimentaria forma de tocar con la cual se lo asociaba hasta su “desaparición”.

Los testimonios posteriores indican que Johnson fue a parar a la casa de un tal Isaiah ‘Zak’ Zimmerman, un guitarrista de blues que lo adoptó bajo su protección. “Fue como un miembro de la familia… Vino y vivió en nuestra casa”, contó una de las hijas de Zimmerman al investigador Bruce Michael Conforth.

Según la hija de Zimmerman, Robert Johnson le pidió a su papá que le enseñara a tocar la guitarra. Y así fue. Hasta ahí, todo bien. Sólo que por entonces corrían rumores de que Zimmerman había aprendido a tocar la guitarra de una manera sobrenatural, visitando cementerios a la medianoche.

El relato cerró a la perfección. Para entonces, Johnson no sólo le había vendido su alma al diablo para hacer vida de músico interpretando canciones profanas, sino que el pacto milagrosamente lo había dotado además de unos atributos que iban camino a convertirlo en una leyenda.

Un repertorio de consulta permanente

Aunque, en realidad, habría que concederle al bueno de Robert que la leyenda bien podría haberse sostenido sin tanto condimento satánico; o acaso no hubiera alcanzado con Ramblin’ on My Mind, Love in Vain, Cross Roads Blues y Sweet Home Chicago.

Hasta ahí, hits inoxidables que Eric Clapton, los Rolling Stones, Buddy Guy, Tab Benoit, Freddie King o los inefables Blues Brothers mantuvieron en el oído popular hasta los días que corren. Pero también temas From Four Until Late, I’m a Steady Rollin’ Man y Terraplane Blues aportaron a la fama musical de Johnson.

Pero cómo competirle desde ese puñado de canciones a la letra de Me and the Devil Blues. “Temprano esta mañana/Cuando golpeaste mi puerta/Y yo dije ?hola Satán/Creo que es el momento de irme, canta Robert casi al comienzo de la canción.

Y el remate no puede ser mejor. “Nena, no me importa dónde entierres mi cuerpo cuando esté muerto y me haya ido/Podés enterrarlo al lado de la ruta/Así mi viejo espíritu endiablado/Pueda conseguir un Greyhound y viajar”.

Sobre todo, si atamos cabos con lo que escribió en Cross Roads Blues, donde cuenta que fue al cruce de las rutas, se postró de rodillas y le imploró al Señor: “Ten piedad, ahora, y salvá al pobre Bob, por favor.

Todo cierra, ¿no? Saludó a Satán, fue hasta la ruta a implorarle a Dios, pidió que lo enterraran su al costado del camino para que su viejo espíritu “endiablado” saliera a pasear. Claramente el joven Robert selló algún acuerdo

La vida real hizo el resto. Después de convertirse en padre de un niño, Johnson se casó, pero con una mujer que no era la madre de su hijo. El encantamiento duró poco, y el músico volvió a la ruta, mientras su esposa moría tiempo después. De ahí a convertirse definitivamente en un músico itinerante fue sólo decidirlo. Y el hombre lo decidió.

Robert Johnson fue un hombre sin rostro conocido hasta varias décadas después de ocurrida su muerte, y sólo existen tres foto disponibles.

Robert Johnson fue un hombre sin rostro conocido hasta varias décadas después de ocurrida su muerte, y sólo existen tres foto disponibles.

De pueblo en pueblo, cambiándose el nombre en cada lugar al que llegaba y tocando por propinas, Johnson se armó una reputación que combinaba sus formas de buen tipo con el apasionado fervor que mostraba por la bebida, las mujeres y la libertad de salir una y otra vez a la ruta. 

En su periplo fue que se cruzó con un cazador de talentos que lo linkeó con el productor Don Law para que hiciera unas sesiones de grabación en el Gunter Hotel de San Antonio, en Texas, entre el 23 y el 25 de noviembre de 1936.

El tiempo suficiente como para que el artista registrara 16 canciones, que terminaron dándole forma al álbum King of the Delta Blues Singers, publicado en 1961.

Habría otras sesiones, entre el 19 y el 20 de junio de 1937, en el que Robert terminó de completar su discografía de 29 temas. Al año siguiente, 11 de esas canciones serían lanzadas a la venta, a través de diferentes sellos. La obra de Robert Johnson empezaba a dejar testimonio.

Como contrapartida, de quien dejó de dejar huella fue del propio músico, cuyo cuerpo habría sido encontrado sin vida a metros del cruce de las rutas 61 y 49, en la zona de Clarksdale. Allí donde Johnson iría de ir a arrodillarse frente al Señor a pedir por la salvación de su alma, según había “confesado” en Cross Roads Blues.

Lo cierto es que ni siquiera existió un registro oficial de su deceso, y su partida de defunción recién apareció 30 años más tarde, aunque sin nada nuevo para aportar acerca de la causa de su muerte, que lo alcanzó cuando transitaba sus 27 años, dando inicio al famoso “club de los 27”.

Varias décadas después, irían completando sus fichas de ingreso Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Sid Vicious, Kurt Cobain y Amy Winehouse.

El panorama ideal entonces para que, a pesar de las inconsistencias que presenta, la teoría de que un marido celoso lo envenenó agregándole estricnina ganara espacio y adeptos, frente a las versiones que indican que la causa real habría sido, sencillamente, sífilis.

Por lo pronto, tres son las tumbas en las que se asegura que descansan los restos de Robert Johnson, aunque hay quienes sostienen que por la pobreza en la que vivía el músico en el momento de su muerte, lo más probable es que haya sido enterrado muy cerca de donde fue hallado su cuerpo.

En tanto, mientras algunos intentaban sumar datos a la biografía del escurridizo bluesman, un tal Steve LaVere prefirió centrarse en los derechos sobre las canciones de Johnson, que ofreció compartir con una hermanastra del músico.

La ocurrencia no prosperó, pero Lavere consiguió que Columbia Records publicara la caja The Complete Recordings, que recopila las 29 canciones grabadas por Johnson más tomas alternativas. El resultado fue todo ganancia: más de dos millones de copias vendidas, y la leyenda, intacta

E.S.



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