Quiero jugar este partido, vale la pena



Hola, ¿cómo estás? Con ganas de cerrar los ojos y los oídos, subirme a un mangrullo bien alto y poner todos los sentidos en el horizonte. Es que acá estamos encerrados en un laberinto, y de los laberintos se sale por arriba. Entonces conviene ganar altura.

Te cuento: ayer los futuros del aceite de soja de EE. UU. alcanzaron un máximo histórico de 1500 dólares la tonelada. Es consecuencia de la escasez de suministros, frente a la fuerte demanda del sector de biocombustibles a medida que los conductores regresan a las rutas luego de los cierres por COVID-19.

Conviene recordar que el aceite es uno de los dos derivados de la molienda de la soja. El otro es la harina. La Argentina lidera el mercado mundial de ambos productos. Uno (la harina) está ligado a la industria de proteínas animales. El aceite tiene un destino alimenticio, pero cada vez talla más su empleo como insumo básico de la elaboración de biodiesel.

La cuestión es que ambos derivados juntos explican ahora más de la mitad del ingreso de divisas. El mes pasado, las empresas del complejo agroindustrial liquidaron 3.500 millones de dólares, un récord absoluto para mayo desde que la Cámara de la Industria Aceitera (CIARA) lleva el registro. Los precios internacionales se han duplicado en los últimos seis meses y explican la relativa tranquilidad del sector externo, además de la contribución al frente fiscal, a través del antediluviano esquema de los derechos de exportación.

El dato interesante es que la participación de la soja en la paleta de productos agrícolas está cayendo rápidamente. Es lo que muestra un análisis fresquito de la prolífica Bolsa de Comercio de Rosario. El estudio muestra que hace seis años, en el final del ciclo anterior de Cristina Kirchner, se sembraba una hectárea de gramíneas (maíz, trigo y cebada) por cada cuatro hectáreas de soja. La “sojización”, que era indeseable desde el punto de vista agronómico, era la consecuencia del castigo a las exportaciones de trigo y maíz, que padecieron no solo las retenciones sino también las restricciones de los embarques.

Ahora, la relación está llegando a casi uno a uno. Es decir, por cada hectárea de soja, se están sembrando una de trigo y maíz. Este año la cosa se explica no solo por el aumento del área y la producción de estos cereales, sino por la caída de la producción de soja, castigada por una persistente sequía en buena parte de la región pampeana.

La cuestión es que tenemos algo que nos hacía falta: producción y precio. Más de lo segundo que de lo primero, digamos todo. Porque el vaso está todavía medio vacío, con un enorme potencial de crecimiento. Sobre todo si miramos “las otras mesopotamias” que podrían ponerse en marcha si nos ponemos las pilas con las obras de infraestructura que requieren. En los últimos veinte años, el sector aportó más de 100.000 millones de dólares solo en materia de retenciones. Con que una parte de esa recaudación se hubiese volcado a estas obras, hoy tendríamos en producción 4 o 5 millones de hectáreas adicionales. Más el empleo y el efecto difusión de esas obras creadoras de nuevos polos de desarrollo.

Cuesta entender aquí, donde el Covid 19 arrecia y pega cerca, segando la vida de demasiados seres queridos, que el mundo ya está viviendo la post pandemia. Eso se expresa en la necesidad de más y mejores alimentos, producidos con eficiencia y cuidado del medio ambiente. Es lo que el mundo espera de la Argentina, aunque hay que hacer bien los deberes. La semana pasada, el propio Papa Francisco llamó la atención del gobierno por la marcha atrás que intenta en materia de biocombustibles. La misiva de la Comisión Episcopal pegó duro en el oficialismo, pero los intereses en juego son enormes y el resultado final es incierto.

Lo concreto es que si la Argentina desanda sus compromisos ambientales, se tropezará con problemas crecientes para colocar sus productos. Y visto al revés, como señala Axel Boerr, presidente de la Cámara Panamericana de Biocombustibles Avanzados, el uso de energía renovable en el sector transporte permitirá ampliar las cuotas de emisiones de otras industrias. En particular, a las que tienen dificultades para reducirlas.

Es cierto que el país atraviesa por una profunda crisis económica y social, y que la buena performance de su sector agroindustrial no es suficiente para sacar a tantos millones de argentinos sumidos en la pobreza. Pero el mundo sigue dando oportunidades. La cuestión es imaginar nuevos mecanismos que permitan atender las urgencias sociales, sin hipotecar nuevamente el futuro. Tantas veces me mataron… Yo no me voy. Ni me iría si fuera cuarenta años más joven. Quiero jugar este partido, vale la pena.



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