Piazzolla 100 años en el Teatro Colón: excelencia y emoción en el inicio del ciclo que celebra el centenario del artista


En un clima en el que se mezclaban la emoción del regreso con la extrañeza propia de la “nueva normalidad”, sus restricciones y protocolos, y con un resultado artístico a la altura de las expectativas, anoche la Orquesta Estable del Teatro Colón dirigida por Luis Gorelik y notables solistas invitados pusieron en marcha Piazzolla 100 años, el ciclo de homenaje que la institución musical, en sociedad con la Fundación Ástor Piazzolla, dedica al compositor marplatense, en el mes del centenario de su nacimiento.

Tan importante como el hecho de que el Colón haya reabierto sus puertas al público -después de más de un año sin actividad artística- es que lo haya hecho con un ciclo dedicado a un músico argentino, cuando la creación de autores nacionales es una de las grandes deudas pendientes de las últimas gestiones de esa casa de ópera, ballet y conciertos.

El programa tuvo dos secciones, aunque ningún intervalo (parte de la nueva etiqueta de los conciertos y orientada a evitar la circulación de público). La primera estuvo dedicada a obras de compositores de diferentes generaciones y ámbitos que dieron cuenta de la herencia piazzolliana. La Obertura tanguera, del destacado compositor argentino Esteban Benzecry, fue un preludio inmejorable.

El programa estuvo dividido en dos partes: la primera, compuesta por piezas que tributan a la obra de Piazzolla, y la segunda por un repertorio del genial bandoneonista y compositor marplatense. /Fotos Emmanuel Fernández

La pianista Irene Amerio y cuatro integrantes de la Orquesta Estable (Freddy Varela Montero, Sebastián Zoppi, Adrian Felizia y Stanimir Todorov) transmitieron la intimidad y la frescura del Homenaje a Ástor Piazzolla de la uruguaya Beatriz Lockhart, escrito, al igual que la pieza de Benzecry, poco tiempo después de la muerte de Piazzolla.

Ástor de pibe, bellísimo tema de Diego Schissi e interpretado aquí por el quinteto que lidera (y que completan Santiago Segret, Guillermo Rubino, Ismael Grossman y Juan Pablo Navarro), más el concurso de las cuerdas de la Estable, mostró hasta qué punto todavía hoy es posible crear discursos nuevos con el idioma inventado por Piazzolla.

A pesar de la "compartimentación" acrílica a la que obliga la situación sanitaria, los integrantes de la Estable sortearon la prueba con gran pericia. /Fotos Emmanuel Fernández

A pesar de la “compartimentación” acrílica a la que obliga la situación sanitaria, los integrantes de la Estable sortearon la prueba con gran pericia. /Fotos Emmanuel Fernández

El segundo bloque estuvo centrado íntegramente en la obra del homenajeado. Al enorme Juan José Mosalini le tocó desgranar el solo inicial de Tristeza de un doble A, y lo hizo en el espíritu de Piazzolla, quien decía visitar en esa página las sonoridades de los grandes bandoneonistas del pasado. Fue una interpretación profunda, perfecta y delicadamente envuelta en las cuerdas, el piano de Nicolás Guerschberg, la guitarra de César Angeleri y el contrabajo de Juan Pablo Navarro, que aportó una pulsación jazzística fascinante.

Juan José Mosalini desgranó el solo inicial de "Tristeza de un doble A" con la profundidad que exige la obra. /Foto Prensa Teatro Colón @ Máximo Parpagnoli.

Juan José Mosalini desgranó el solo inicial de “Tristeza de un doble A” con la profundidad que exige la obra. /Foto Prensa Teatro Colón @ Máximo Parpagnoli.

El doble concierto que Piazzolla subtituló Hommage à Liège se inicia con un solo de guitarra que pronto se transforma en dúo con el bandoneón. El pasaje fue, en las manos de Mosalini y Angeleri, una auténtica conversación de amigos que saben escucharse y comprenderse en sus palabras y sus silencios. Esa fraternidad se prolongó luego del ingreso de las cuerdas, y fue la columna vertebral de una interpretación sin altibajos. Cabe destacar, tanto aquí como en el resto del concierto, el trabajo del experimentado Luis Gorelik -posiblemente el director más versátil de nuestro medio-, en una concertación impecable.

Distanciados, pero nuevamente cara a cara. La reducción de la capacidad de la sala dejó grandes vacíos, pero la satisfacción del reencuentro de los artistas con el público se hizo evidente aún detrás de los barbijos. /Fotos Emmanuel Fernández

Distanciados, pero nuevamente cara a cara. La reducción de la capacidad de la sala dejó grandes vacíos, pero la satisfacción del reencuentro de los artistas con el público se hizo evidente aún detrás de los barbijos. /Fotos Emmanuel Fernández

El cierre fue con los Tres movimientos tanguísticos porteños, de ejecución desafiante (al igual que en otras obras sinfónicas de Piazzolla, la dificultad radica en recrear en un gran ensamble la sonoridad y los “yeites” de las formaciones tangueras, pero al mismo tiempo presenta desafíos propios de la escritura académica). A esto se suma una sonoridad “nueva” para la orquesta: la de la mayor distancia entre los atriles y en especial la de los instrumentos de viento encerrados en mamparas de acrílico; es fácil intuir la dificultad de adaptarse a estas condiciones.

La mano segura de Luis Gorelik condujo a buen puerto el abordaje que la Orquesta Estable del Teatro Colón hizo de la obra de Ástor Piazzolla. /Foto Prensa Teatro Colón @ Máximo Parpagnoli.

La mano segura de Luis Gorelik condujo a buen puerto el abordaje que la Orquesta Estable del Teatro Colón hizo de la obra de Ástor Piazzolla. /Foto Prensa Teatro Colón @ Máximo Parpagnoli.

Los músicos de la Estable sortearon esta primera prueba con gran pericia (hubo precisión en los ataques, tersura en las cuerdas y excelentes solos de las maderas), siempre bajo la mano segura de Gorelik. Por entre los barbijos se colaba en el final la expresión de satisfacción de los artistas: la meta estaba cumplida. Los músicos y el público se habían reencontrado en el Colón, y la música de Piazzolla, que es el latido de Buenos Aires, estuvo más viva que nunca.

Misión cumplida. La música volvió a sonar "natural", los músicos volvieron a ocupar su lugar "natural" y el público le volvió a dar vida a Teatro Colón, con la celebración de la vida de Ástor Piazzolla como inmejorable "excusa". /Fotos Emmanuel Fernández

Misión cumplida. La música volvió a sonar “natural”, los músicos volvieron a ocupar su lugar “natural” y el público le volvió a dar vida a Teatro Colón, con la celebración de la vida de Ástor Piazzolla como inmejorable “excusa”. /Fotos Emmanuel Fernández

Ficha

Calificación: Muy bueno

Orquesta Estable del Teatro Colón. Solistas Juan José Mosalini, César Angeleri, Nicolás Guerschberg, Juan Pablo Navarro, Diego Schissi Quinteto, Irene Amerio, Freddy Varela Montero, Sebastián Zoppi, Stanimir Todorov. Dirección Luis Gorelik.

Teatro Colón, viernes 5 de marzo.

E.S.



Fuente