nos mandaron al rincón con las orejas de burro



Estoy tratando de digerir la vergüenza a la que nos sometió ayer la embajadora de Israel, por el tema de la suspensión de las exportaciones de carne vacuna. Nos mandó al rincón con las orejas de burro. Porque más allá de lo que implica como dislate comercial el desatender un cliente, sus declaraciones me llevaron a repasar la jurisprudencia internacional.

Señores: esto de meter restricciones cuantitativas a las exportaciones (también a las importaciones) está taxativamente prohibido desde los inicios del GATT, ratificado por el acuerdo de Marrakech (que dio lugar al nacimiento de la OMC en 1994), y ratificado en la Ronda de Doha en noviembre de 2001.

Entonces, me vinieron a la memoria las interminables batallas que dio nuestra diplomacia comercial para lograr algún grado de liberalización del comercio agrícola. Nuestro interés era exportar todo lo posible, tratando de romper las barreras proteccionistas, alegando que nuestra producción competitiva iba a favorecer los intereses de los consumidores de todo el mundo. Así, fuimos armando la muletilla de que “producimos alimentos para 400 millones de personas”. Diez veces más que nuestra población.

Los principales interesados en evitar que algún país impusiera restricciones cuantitativas (suspensión de exportaciones, cuotas, etc) eran países importadores netos de alimentos. Entre ellos, dos que podríamos considerar como más o menos serios: Japón y Suiza. Ambos tienen una alta dependencia de comida importada. No pueden someterse al designio de algún trasnochado que, de la noche a la mañana, decide dejarlos de araca.

Ayer, nos lo espetó Galit Ronen: “No puede ser que cada vez que a la Argentina se le da la gana, Israel se queda sin carne”. Conviene señalar que Israel era el segundo importador de carne argentina, después de China. Ya comenté en mi columna del sábado pasado que un importador israelí había reaccionado con indignación por el default de su abastecedor argentino. Este me había contado que le llevó años lograr que su cliente pasara de comprarle cortes delanteros salados (un buen negocio) a adquirir carne fresca (mucho mejor precio). Lo convenció de que abandonara a su proveedor de Polonia. Al mes, pufo.

Ni pensemos cómo deben estar los chinos, por lejos los más afectados por la restricción argentina. Acá hablamos de “inflación de los alimentos” y decimos que es importada. Los chinos, los israelíes, los chilenos, pueden decir con justo derecho que nosotros provocamos el mismo efecto en sus economías domésticas.

Por esto, esto no se trata de la pérdida coyuntural de un negocio. Las consecuencias son inconmensurables. Y sobre todo, es una afronta contra quienes dedicaron tanto tiempo, esfuerzo y pasión por la mayor causa de nuestra historia: ganar espacio en el mundo. Recuerdo al actual canciller, por entonces un joven impetuoso e irreverente secretario de Agricultura (Felipe Solá), decirle de todo, enrojecido, al comisionado agrícola de la Unión Europea. Poniendo al borde de la ruptura los frágiles avances logrados, allá por 1994, en la Ronda Uruguay del Gatt. Allí oficiaba de traductor el luego embajador Diego Guelar. “El ministro está de acuerdo”, morigeraba el lenguaje fogoso de Felipe Solá.

Así nació la cuota Hilton. Luego, la 481 para carne terminada a corral. Abrir cada ventanita fue una epopeya. Recuerdo la última gran hazaña, a fines de los 90, cuando el recordado Guido Di Tella, secundado por verdaderos expertos como el hoy columnista de Clarín Rural y TNAgro Jorge Riaboi. Estuve con ellos en la batalla de Seattle, cuando se tuvieron que abrir paso entre los militantes anti globalización, para dar su discurso en la asamblea de la OMC.

Todo eso es lo que se puso en juego. Nadie dice que no hay que sostener la mesa de los argentinos, ni que hay que dejar desabastecido a nuestro mercado. La escasez relativa de carne vacuna tiene origen en la anterior restricción a las exportaciones. Entre 2008 y 2011 nos comimos el 20 por ciento del stock, y dentro de él, las vacas, las máquinas herramienta.

De no haber sucedido esto, y considerando la mejora tecnológica operada en los últimos diez años, hoy tendríamos carne suficiente como para abastecer al mercado interno con “precios cuidados”, y seguir expandiendo las ventas a China, Israel y otros cien países que mantienen su apetito carnal. Por suerte.

Ojalá sea el último papelón.



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