Los desventurados: cuatro estrellas para “El silencio del cazador”



El inicio de una película puede ser el preámbulo de una promesa y una exaltación de la curiosidad. Despuntan un mundo y sus reglas y sus criaturas, un ecosistema se materializa, una modalidad vincular, una época. Cada cineasta que se precie de tal se resiste a la mera arbitrariedad y atiende a la decisiva caligrafía de los primeros minutos.

Martín Desalvo no desconoce el encantamiento del primer movimiento en el plano: la selva misionera irrumpe como música de las especies para no desvanecerse jamás y subyacer como entidad sonora; el personaje de Pablo Echarri se introduce en el cuadro para transformarse en la irradiación moral de la trama, después se suma la esposa del héroe y más tarde un poderoso, su némesis. Esto es cine, indiscutiblemente.

La historia de El silencio del cazador, quizás un título impreciso, se circunscribe a la selva misionera. El desmonte avanza sin intervalos, los viejos privilegios de los terratenientes persisten y las desigualdades constituyen un orden social reconocible. Bajo esas coordenadas se repite un drama rutinario: los propietarios gozan y transgreden porque se sienten avalados por una tradición de conquistadores; el resto, pobladores originarios y criollos, apenas pueden trabajar y subsistir. El capricho define la psicología de los primeros, el sometimiento y el resentimiento, la de los segundos.

A ese antiguo y vigente enfrentamiento, aquí representado por Ismael Guzmán (Echarri) y el hijo de un terrateniente conocido como “el Polaco”, se añade una disputa amorosa. La esposa de Guzmán, una médica rural, es deseada por quien suele adentrarse al parque nacional para cazar ilegalmente. A la tensión de clase se yuxtapone la rivalidad de los machos.

Misteriosa y paradójica película la de Desalvo. Los conflictos arquetípicos, y no por eso poco verosímiles, respetan a rajatabla la lógica evolución del antagonismo invocado. Lo mismo sucede con las escenas: están la de la lucha cuerpo a cuerpo, la de los celos de un melodrama, la de sexo, e incluso el instante poético invocado por una fiera. Todas se ejecutan con firmeza y ritmo, aun con una contenida elegancia, pero son siempre predecibles.

Esta cualidad presente en toda la película puede pasar desapercibida, y bastará observar un pasaje menor en el que Guzmán y su mujer están bailando en una fiesta y son interrumpidos por “el Polaco” para constatar la seguridad que se transmite en cada pasaje; el registro en movimiento en el espacio es notable, la razón de toda la escena resulta esperable. He aquí un signo estético reiterado. El vigor formal es tan indesmentible como la esterilidad de la trama para urdir sorpresas. 

Lo inesperado de El silencio del cazador, el propio hallazgo filosófico, entre temerario e incauto, reside en postular, exento de cinismo, un pesimismo sin ambages. El destino de un puñado de dólares en el desenlace glosa la desventura de los que tienen y los que no. Esa tonalidad espiritual tiñe el todo y consolida sin piedad el retrato de una forma de vida desencantada.

El silencio del cazador
(Argentina/2019). Dirección: Martín Desalvo. Elenco: Pablo Echarri, Alberto Ammann, Mora Recalde, César Bordón, María Mercedes Burgos. Guion: Francisco Javier Kosterlitz. Duración: 103 minutos. Apta para mayores de 13 años con reservas. Salas en Córdoba: 4 (Cines Rex, Showcase Córdoba, Hoyts Patio Olmos y Hoyts Nuevo Centro). Sexo: moderado. Violencia: moderada. Complejidad: nula.

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