Los 10 temas de Astor Piazzolla que no podés dejar de escuchar



¿Cómo sintetizar la obra de Astor Piazzolla en una decena de piezas? ¿Cómo resumir tanto en tan poco? Los vectores que atraviesan la escucha de la producción del compositor y bandoneonista marplatense nacido hace 100 años son tan variados como válidos.

¿Hablamos de su técnica? ¿De su capacidad de disparar desde su bandoneón imágenes de Buenos Aires convertidas en melodías? ¿De su “vanguardismo” no siempre tan vanguardista, pero siempre dispuesto a incomodar? ¿De su personal modo de conjugar el tango con la música académica y el jazz? ¿Hablamos de su sociedad poética con Horacio Ferrer y de cantarle a la “luna rodando por Callao” mientras la Argentina marchaba al compás de una de sus tantas dictaduras?

En el fondo, hablamos un poco de cada uno de ellos. Finalmente, Astor Piazzolla es ni más ni menos que esa conjunción, algunas veces indiscutiblemente fantástica; otras, no tanto. Pero siempre motivo de una fascinante excursión a uno de los capítulos más importantes de la historia de la música argentina.

Adiós Nonino (1959)

En octubre de 1959, Astor Piazzolla había regresado a Nueva York tras una gira fallida por Centroamérica, durante la cual se había enterado de la muerte de su padre, Vicente, tras haber sufrido un accidente de bicicleta en su Mar del Plata natal. Cuenta la historia que al día siguiente de su llegada, después del almuerzo, el bandoneonista pidió que lo dejaran solo.

“Fue en ese momento, cuando estaba rodeado de ángeles, quizá, cuando pude escribir el tema más lindo que escribí en mi vida”, contó el músico 29 años después, durante un documental producido por la BBC. Y si tal vez se le puede discutir a Astor -aunque la obra no deja demasiado margen para hacerlo- la cuestión subjetiva de su belleza, lo que está claro es que resultó uno de sus hits indiscutidos.

En este caso, la versión corresponde a The Lausanne Concert, grabado el 4 de noviembre de 1989 en la ciudad suiza, con su sexteto, integrado por Daniel Binelli, Angel Ridolfi, Horacio Malvicino, Carlos Nozzi y Gerardo Gandini, cuya impronta exploratoria queda de manifiesto en los 2.56 minutos de la introducción, en contraste con el lirismo que Pablo Ziegler despliega en versiones como las registradas en The Vienna Concert o en The Central Park Concert, ambas también imperdibles.

Milonga del Ángel (1965)

Concebida a lo largo de un proceso que le tomó al bandoneonista alrededor de cuatro años, como la segunda parte de la Suite del Ángel, que incluye también una Introducción y las piezas Muerte del Ángel y Resurrección del Ángel, grabadas originariamente en conjunto en 1965.

En su libro Piazzolla, el mal entendido, Diego Fischerman y Abel Gilbert desmenuzan el tema, uno de los clásicos del repertorio piazzoliano, y señalan que en la composición se pueden encontrar restos fosilizados de los adagios de los Conciertos Brandenburgueses de Johann Sebastian Bach, o del Concierto en Sol y el Minuet sobre el nombre de Haydn, de Maurice Ravel. “Lo demás, claro, es milonga, pero pasada por el eximio tamiz de Piazzolla.

Es ese tamiz el que le da a la pieza una identidad única, en su andar por momentos cansino, que contrasta con el enérgico inicio de Muerte del Ángel, asignatura que necesariamente ese debe saldar apenas se termina la escucha de la Milonga, en este caso grabada en 1987 en el Central Park de Nueva York.

Fuga y misterio (1968)

Incluida en la primera parte de la operita María de Buenos Aires, con letras de Horacio Ferrer, es una de las piezas instrumentales de la obra estrenada en 1968, creada en el marco de la aparición de óperas pop en diferentes partes del mundo, quizá en busca de cierta legitimación que el género aún no había logrado de parte de la “academia”.

Lo cierto es que la popularidad de Fuga y misterio fue potenciada en buena medida por haber sido durante varias décadas la “cortina” musical de Tiempo Nuevo, el programa de periodismo político conducido por Bernardo Neustadt desde 1966 hasta su temporada final, en 1997.

La grabación original de Fuga y misterio incluyó la participación de Antoni Agri y Hugo Baralis en violines; Nestor Panik en viola; Victor Pontino en chelo; Kicho Díaz en contrabajo; Jaime Gosis en piano; Arturo Schneider en flauta; Jose Corriale en precisión y Tito Bisio en xilofón, vibráfono y campanelli.

Balada para un loco (1969)

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese… qué se yo, ¿viste?”, comienza Roberto “Polaco” Goyeneche a desandar la historia alucinada creada por Horacio Ferrer y Astor Piazzolla en 1969, y estrenada no sin polémica por Amelita Baltar, quien tuvo que aguantarse una catarata de insultos mientras la presentaba “en sociedad” en el Luna Park, en el marco del Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción.

A partir de allí, la canción fue tomando vuelo, en las voces del Polaco, muy poquito después de que la grabara Baltar, y más adelante en las de Raúl Lavié, José Angel Trelles, Julia Zenko, Elena Roger, entre muchos otros artistas.

Sin embargo, la registrada en el Teatro Regina en 1982 por el propio Astor y Goyeneche parece haber mejorado con el paso del tiempo. Esa manera de decir del cantante que se exhibe en el punto exacto de expresividad, en sociedad con la “banda” de Astor en una noche memorable.

Primavera porteña (1970)

A diferencia de sus series, como un conjunto de piezas en torno a una idea que las unía, en el caso de las estaciones piazzolianas la composición de cada una fue independiente de las demás. de hecho, Primavera porteña, junto con Invierno porteño, tuvieron su primera grabación en el Regina, en el ’72, mientras que Verano porteño vio la luz en 1965, y Otoño en 1969.

Sin embargo, con el paso del tiempo el cuarteto de composiciones iría adquiriendo el carácter de suite, sobre todo para intérpretes del campo de la música académica, que en más de una ocasión alentaron una “convivencia” o “diálogo” entre Las cuatro estaciones de Vivaldi y las cuatro de Piazzolla.

Por lo pronto, el contrapunto inicial que plantea la Primavera traducida por Astor en música puede ser considerado otro de fragmentos más reconocibles de su producción, que encuentra en el quinteto formado por Manzi, Agri, Díaz y Cacho Tirao una gran interpretación.

Tristezas de un Doble ‘A’ (1972)

Como el propio Astor Piazzolla explica en la previa de la fantástica interpretación en el Regina de este tema grabado por primera en el álbum Música popular contemporánea de la ciudad de Buenos Aires, publicado en 1972, con Osvaldo Manzi, José Bragado y Oscar López Ruiz en la formación, además de Corriale, Agri, Baralis, Díaz y Panik, Tristezas de un Doble ‘A’ fue compuesto por el bandoneonista en honor a su instrumento.

Y como enseguida amplía, es una especie de paseo por la historia de quienes lo precedieron en su manejo, como Pedro Laurenz, Pedro Maffia y, por supuesto, Aníbal Troilo “Pichuco”, que Piazzolla, acompañado por Fernando Suárez Paz en violín, Oscar López Ruiz en guitarra, Héctor Console en contrabajo y Pablo Ziegler en piano, desarrolla a lo largo de 20 minutos, de los cuales ni uno está de más.

De lo único que hay que asegurarse antes de darle “play” es de que nadie se atreverá a interrumpir el discurso musical del genial Astor, y dejarse llevar por su capacidad de improvisación, excelencia y buen gusto.

Libertango (1974)

“¿Por qué me voy? Es muy claro. Me voy porque en Buenos Aires soy uno más de los miles de desocupados que pululan por las calles.” Así, fiel al estilo de pocas pulgas que sacaba a relucir con cierta frecuencia, Astor Piazzolla anunciaba que se mudaba a Italia.

Por si haces falta ponerle un marquito más definido al cuadro de situación, el músico explicaba: “Puedo asegurarles que como compositor esta es la etapa más importante de mi carrera. Lo que me apena es que no puedo concretarla en mi país, porque los argentinos no están para las creaciones atrevidas o peligrosas”.

Con más de puesta en escena que de realidad contrastable -lo cierto es que lo que grabó en Italia poco y nada tenía de las cualidades para las cuales Astor aseguraba que los argentinos aún no estaban preparados-, el bandoneonista, que sí había quedado marcado por un infarto que había sufrido el año anterior, emprendió entonces su periplo itálico, del que quedó como resultado más visible Libertango, la pieza que Grace Jones convertiría en hit, registrado como I’ve Seen That Face Before. El resto de la excursión peninsular, mejor olvidarlo.

Whisky (1975)

La noticia de la muerte de Aníbal Troilo lo sorprendió a Piazzolla en plena etapa “italiana”, en busca de la internacionalización de un sonido que más que ganar perdía identidad y, según él mismo reconoció, lo afectó si hubiera recibe un “mazazo”.

Tal como Natalio Gorín lo refleja en su libro Astor Piazzolla – A manera de memorias, el músico enseguida encontró la manera de darle salida a su tristeza. A los pocos días, todo ese cariño que sentía por el amigo me llevó al piano y compre los cuatro movimientos, cada uno sobre los cuatro amores que tuvo el Gordo: Bandoneón, Zita, Whisky y Escolaso.

La Suite Troileana compartió cartel con la Suite Lumiere, que incluía L’amour, Solitude, Mort, L’evasion, y este tema en particular podría ser considerado, como bien señalan Fisherman y Gilbert, como el primero del grupo electrónico que Astor formaría a finales de ese mismo año, casi en coincidencia con su regreso a Buenos Aires. Algo así como un intento de acercamiento al jazz-rock que no pasó de eso, un intento.

La camorra III (1989)

Grabado en los Estados Unidos para el sello American Clave, La Camorra registra la última grabación del quinteto formado por Astor, Ziegler, Suárez Paz, Malvicino y Console, e incluye en el repertorio del álbum una maravillosa versión de Soledad, grabada por primera vez como parte de la Suite Lumiere, en 1975, las dos partes anteriores de La camorra, Fugata, y el tándem Sur: Los SueñosSur: Regreso al amor.

Pero es tal vez La camorra III la que sintetiza de mejor manera la idea musical que sobrevuela la totalidad del álbum, que de algún modo condensa la madurez compositiva de Piazzolla y la química cautivante del combo de músicos que lo acompañaron durante esta etapa de su carrera. Música pendenciera, arrogante, desafiante a la vez que amorosa. Todo en el mismo paquete.

No en vano el título completo del álbum es La camorra: la soledad de la provocación apasionada.

Buenos Aires hora cero (Sin tiempo)

Formado en su primera versión por Piazzolla en el bandoneón, Jaime Gosis en piano, Simón Bajour en violín, Kicho Díaz en contrabajo y Horacio Malvicino en guitarra eléctrica, el Quinteto Nuevo Tango registró el tema por primera vez en 1963, como parte del álbum Tango para una ciudad.

Una especie de “walking” que marca el ritmo en el inicio de Buenos Aires hora cero, como si se tratara de la banda sonora de una escena de suspenso que parece meter a quien la escucha en una calle cubierta por sombras que de a poco van develando misterios de una ciudad que nunca deja de inquietar.

De pronto, la melodía se abre paso a un tranco más ligero, y el bandoneón de Astor parece ir zigzagueando entre los obstáculos que nuestro Buenos Aires querido nos impone a cada paso. Y al que Piazzolla musicaliza, hoy como entonces.

E.S.



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