Languidez: cómo se siente y por qué puede ser la emoción dominante de 2021


Al principio yo no reconocía los síntomas que teníamos todos en común. Algunos amigos decían que tenían problemas de concentración, ciertos colegas informaban que, incluso con las vacunas en el horizonte, no se entusiasmaban con el 2021.

Un miembro de mi familia se quedó despierto hasta tarde para volver a ver La leyenda del tesoro perdido a pesar de que se sabe la película de memoria. Y en lugar de saltar de la cama a las 6 de la mañana, yo me quedo acostado hasta las 7, jugando a Words With Friends, una especie de Scrabble.

No era agotamiento mental. Y no era depresión. Simplemente nos sentíamos todos un poco sin alegría y sin rumbo. Existe un nombre para eso: languidez.

La languidez es una sensación de estancamiento y vacío. Sentís como si estuvieras mirando tu vida a través de un parabrisas empañado. Y puede ser la emoción dominante de 2021.

Mientras científicos y médicos trabajan para tratar y curar los síntomas físicos del Covid-19 prolongado, muchas personas se enfrentan al largo recorrido emocional de la pandemia. A algunos nos ha afectado sin estar preparados, por la atenuación del miedo y el dolor intensos del año pasado.

En los primeros e inciertos días de la pandemia, es muy probable que el sistema de detección de amenazas de tu cerebro —el cuerpo amigdalino— estuviera en alerta máxima en cuanto a luchar o huir.

A medida que aprendiste que las mascarillas ayudaban a protegernos —pero el lavado de los paquetes no—, probablemente hayas puesto en práctica rutinas que aliviaron tu sensación de temor. Pero la pandemia se prolongó y el estado agudo de angustia dio paso a una condición crónica de languidez.

En psicología pensamos en la salud mental dentro de un espectro que va desde la depresión hasta el bienestar. El bienestar es la cima de la prosperidad emocional: tenés una fuerte sensación de sentido personal, autonomía e importancia para los demás. La depresión es el valle del malestar: sentís abatimiento, agotamiento y falta de valor propio.

El languidecimiento es el hijo del medio abandonado de la salud mental. Es el vacío entre la depresión y el florecimiento emocional: la ausencia de bienestar. No tenés síntomas de enfermedad mental, pero tampoco sos la imagen de la salud mental. No estás funcionando a pleno rendimiento.

La languidez adormece tu motivación, perturba tu capacidad de concentración y triplica las probabilidades de que retrocedas en lo que hace a tu trabajo. Parece ser más común que la depresión mayor y, en cierto sentido, puede ser un factor de riesgo más grande de enfermedad mental.

El término fue acuñado por el sociólogo Corey Keyes, a quien le llamó la atención que muchas personas que no estaban deprimidas tampoco salieran adelante. Sus investigaciones indican que las personas con más probabilidades de padecer depresión grave y trastornos de ansiedad en la próxima década no son las que presentan esos síntomas en la actualidad. Son las que ahora languidecen.

Datos frescos de trabajadores sanitarios de la pandemia en Italia muestran que quienes la pasada primavera padecieron languidez tenían tres veces más probabilidades que sus pares de sufrir trastorno de estrés postraumático.

Parte del peligro es que, cuando estás languideciendo puede ser que no notes embotamiento del placer o disminución de tu ímpetu. No te das cuenta de que estás cayendo en soledad; sos indiferente a tu indiferencia. Cuando no podés ver tu propio sufrimiento, no buscás ayuda ni hacés mucho para ayudarte.

 Incluso si no estás languideciendo vos, probablemente conozcas a personas que sí lo están. Entender mejor la cuestión puede ayudarte a ayudarlas.

Reconocer la emoción, un primer paso para superarla. Foto Shutterstock.

Ampliar tu léxico

Los psicólogos consideran que una de las mejores estrategias para manejar las emociones es ponerles nombre.

La primavera nórdica pasada, durante la aguda angustia por la pandemia, el post más viral que se publicó en toda la historia de la revista especializada Harvard Business Review fue un artículo que describía nuestro malestar colectivo como duelo.

Junto con la pérdida de seres queridos, llorábamos la pérdida de la normalidad. “Duelo”. Nos proporcionaba una terminología familiar para entender lo que parecía una experiencia desconocida. La mayoría de nosotros había afrontado pérdidas en el pasado. El vocablo nos ayudó a materializar lecciones de nuestra propia resiliencia pasada y a ganar confianza en nuestra capacidad para afrontar la adversidad presente.

Todavía tenemos mucho que aprender sobre qué causa la languidez y cómo curarla, pero ponerle nombre puede ser un primer paso. Podría ayudar a desempañar nuestra visión, dándonos una ventana más clara de lo que ha sido una experiencia borrosa. Podría recordarnos que no estamos solos. La languidez es común y compartida.

Y podría darnos una respuesta socialmente aceptable al “¿Cómo estás?”.

En lugar de decir “¡Genial!” o “Bien”, imaginate que contestáramos: “Sinceramente, languidezco”.

Sería un complemento refrescante para la positividad tóxica, esa presión estadounidense por excelencia de estar siempre muy animado.

Cuando agregás languidez a tu léxico, empezás a percibirla a tu alrededor. Aparece cuando te decepciona tu paseo corto de la tarde. Está en la voz de tus hijos cuando les preguntás cómo les fue en la escuela por internet. Está en “Los Simpson” cada vez que un personaje dice “Bah, me da igual”.

El verano pasado, la periodista Daphne K. Lee tuiteó una expresión china que se traduce como “venganza mediante procrastinación de la hora de dormir”.

La definía como el hecho de quedarse despiertos hasta tarde por la noche para reclamar la libertad que perdimos durante el día. Yo he empezado a preguntarme si no es tanto una represalia contra una pérdida de control como un acto de desafío silencioso contra la languidez. Parece una búsqueda de felicidad en un día sombrío, de conexión en una semana solitaria o de propósito en una pandemia perpetua.

Un antídoto para la languidez

¿Qué podemos hacer al respecto? Un término denominado fluir puede resultar un antídoto.

El fluir, la fluidez es ese estado elusivo de compenetración con un proyecto significativo o un vínculo momentáneo, en el que tu sentido del tiempo, del lugar y de vos mismo se desvanece. Durante los primeros días de la pandemia, el mejor indicador de bienestar no era el optimismo ni tampoco la atención plena. Era el fluir. Las personas que más se sumergían en sus proyectos conseguían evitar languidecer y conservaban su felicidad pre pandémica.

Un juego de palabras a primera hora de la mañana me catapulta a la fluidez. Un atracón nocturno de Netflix también funciona a veces. Te transporta a una historia.

Si bien encontrar nuevos objetivos, experiencias agradables y un trabajo con sentido son remedios posibles para la languidez, es difícil fluir hacia un objetivo cuando no te podés concentrar. Esto era un problema ya antes de la pandemia, cuando la gente habitualmente revisaba el correo electrónico y alternaba distintas tareas. En el último año, muchos también hemos estado luchando con las interrupciones de los chicos, los compañeros de trabajo y los jefes. Bah.

La atención fragmentada es enemiga del compromiso y la excelencia. En un grupo de 100 individuos, sólo dos o tres son capaces de manejar y memorizar información al mismo tiempo sin que su rendimiento se resienta en una o en ambas tareas. Las computadoras puede que estén hechas para procesamientos en paralelo, pero a las personas les va mejor el procesamiento en serie.

Hay un malestar colectivo generado por el duelo de la vieja normalidad. Foto ilustrativa Shutterstock.

Hay un malestar colectivo generado por el duelo de la vieja normalidad. Foto ilustrativa Shutterstock.

Date algo de tiempo sin interrupciones

Esto significa que hay que establecer límites. Hace años, una empresa de software de la lista Fortune 500 puso a prueba en la India una medida sencilla: nada de interrupciones los martes, jueves y viernes antes del mediodía. Cuando los ingenieros administraban ellos mismos el límite, el 47% alcanzaba una productividad superior a la media. Pero cuando la empresa determinaba el tiempo de descanso como política oficial, el 65% lograba una productividad superior al promedio.

Hacer más cosas no sólo es bueno para el rendimiento en el trabajo: hoy sabemos que el factor que más incide en la alegría y la motivación diarias es la sensación de avance.

No creo que haya nada mágico en los martes, jueves y viernes antes del mediodía. La lección de esta sencilla idea es considerar los bloques de tiempo ininterrumpidos como tesoros que hay que guardar. Nos dan la libertad de concentrarnos. Las experiencias que captan toda nuestra atención pueden proporcionarnos alivio.

Centrate en objetivos chicos

La pandemia representa una gran pérdida. Para superar el languidecimiento probá empezar con victorias pequeñas, como el minúsculo triunfo de descifrar una pista en un policial o el vértigo de acertar una palabra de siete letras en un crucigrama.

Uno de los caminos más claros hacia la fluidez es el de la dificultad controlable: un reto que ponga a prueba tus habilidades y refuerce tu capacidad de resolución. Esto significa dedicarle tiempo diario a un asunto que te importe: un proyecto interesante, un objetivo que valga la pena, una conversación significativa. A veces es un pequeño paso para redescubrir parte de la energía y el entusiasmo perdido durante todos estos meses.

La languidez no está sólo en nuestras cabezas; está en nuestras circunstancias. No se puede curar una cultura enferma con vendajes individuales. Seguimos viviendo en un mundo que normaliza los problemas de salud física pero estigmatiza los problemas de salud mental.

A medida que nos adentremos en una nueva realidad post pandémica, es hora de replantear nuestra comprensión de la salud mental y el bienestar. “No estar deprimido” no significa que no estés luchando. “No estar quemado” tampoco significa estar enardecido. Al reconocer que muchos languidecemos, podemos empezar a dar voz a la desesperanza silenciosa y alumbrar un camino para salir del vacío.

Adam Grant es psicólogo organizacional, autor de varios libros y presentador del podcast de TED WorkLife .

©The New York Times

Traducción: Román García Azcárate



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