La nueva historia de Marcelo Birmajer: La aspirante



Cusane aguardaba con la cabeza apoyada sobre su mano en puño, el codo en la mesa, los ojos al frente. En pocos minutos debía cerrar el local, no había afiliado a nadie a lo largo de julio. ¿El Partido no convocaba, o él era incapaz de captar nuevos adherentes?

Cada vez que pasaba una persona joven, la miraba como tratando de explicar que el mundo podía ser mucho mejor. Solo hacía falta tomar una decisión conjunta: exterminar a la burguesía, dirigir estatalmente los medios de producción e implantar una dictadura del proletariado. Caviló sobre si era el orden correcto de las consignas, ¿o la dictadura del proletariado se anteponía a la estatización de los medios de producción?

En cualquier caso, primero el fusilamiento de los propietarios. O ahorcamiento. La metodología también variaba según las circunstancias de la lucha de clases. A la familia del Zar, Lenin había ordenado fusilarla: incluyendo los niños. Pero los combatientes de Sendero Luminoso habían preferido iniciar la lucha estrangulando perros en Lima. Había que respetar las distintas culturas de ejecución aplicadas por los revolucionarios, según su procedencia.

La muchacha que se le acercó parecía una espía de la oligarquía. Era espigada pero de pechos rellenos, la cubría una suerte de túnica negra que no neutralizaba unas piernas como columnas de belleza y espuma; giró como si buscara otra cosa, y Cusane apreció la monumental figura desde las pantorrillas hasta la nuca: el monte salvaje del final de su espalda, el imperceptible movimiento juncal de las caderas. Cuando lo miró, ese rostro femenino conjugaba el magnetismo sensual y una palidez lujuriosa.

– ¿Me puedo afiliar? -preguntó ella-.

Su voz atravesaba el corazón.

– ¿Al Partido? -consultó incrédulo Cusane-.

– Si quisiera afiliarme a una obra social, lo haría por internet -bromeó ella-.

Cusane no terminaba de entender el chiste, pero en el interín le llamó la atención la extensión del diente final del extremo izquierdo, por debajo de los labios carnosos y de un rojo feroz más intenso que la bandera ondeante en esa misma entrada.

– Te tomo los datos -se apuró Cusane-. ¿Tenés el DNI?

– No uso DNI -explicó la aspirante-. Me llamo Ludmila De Vania.

Cusane anotó el nombre, y preguntó: – ¿Dónde vivís?

– No vivo. Pero me quiero afiliar.

Cusane volvió a sospechar una infiltración. La represión no descansaba en sus intentos de desarticular a la vanguardia del marxismo leninismo: pero cuando asaltaran el poder, a esos agentes secretos no los matarían. Por el contrario: los utilizarían para asesinar a los burgueses. Era tan hermosa la chica… Nadie más se había acercado ese mes.

– Cualquiera se puede afiliar -improvisó Cusane-. Basta con odiar a la burguesía.

– Lo mío no es exactamente odio -replicó Ludmila-. Pero puedo colaborar en exterminarlos: a mi manera.

– Justo estaba pensando en eso -reconoció Cusane-. ¿Cómo matarlos? Quizás la horca…

 – No coincido -discutió Ludmila-. Ese es parte del aporte que quiero realizar al Partido: desangrarlos. Vivos.

– Cada revolucionario puede aplicar su metodología -coincidió Cusane-. A todos nos une el odio a la propiedad privada: cómo ejecutemos a los burgueses, es prerrogativa de cada uno decidirlo. Que se abran cien flores, como dijo Mao.

– No me une el odio a la propiedad privada -meditó Ludmila-.  Puedo ayudarlos a quedarse con las casas ajenas, de todos modos. Pero los castillos de mi linaje deben pertenecernos por la eternidad. Si alguien osa amenazarlos, destruiremos al agresor. Confío en que nos pondremos de acuerdo: con los comunistas del Este, entre el 45 y el 89, supimos fraguar un armisticio. Vos me parecés un muchacho muy sensato. En rigor, salvo mis dominios, la propiedad privada ajena me resulta indiferente. Solo pretendo a los moradores.

– ¿Pero qué es lo que buscás exactamente? -se animó Cusane.

Ustedes quieren deshacerse de los burgueses, yo pretendo chuparles la sangre. Estoy proponiendo una alianza coyuntural entre ustedes y nosotros. Durante un par de siglos podríamos ser aliados. Queremos que dejen de perseguirnos: integrarnos formalmente a la vida social en vuestra utopía realizada.

– ¿Cuándo decís chuparles la sangre…?

-Literalmente- confirmó Ludmila-. Ustedes los despojan y encarcelan, nosotros les chupamos la sangre. Queremos sumarnos a la Revolución con nuestra singularidad.

Cusane la observó dubitativo. ¿Podía afiliarla sin DNI, o necesitaba la aprobación de su Responsable? ¿Y si resultaba una espía y descubría que se habían colgado de la luz y del cable?

– ¿Vos podrías venir pasado mañana a este mismo local?

– Tendría que ser a esta misma hora -precisó Ludmila-.

– Sí, sí, no hay problema -se esperanzó Cusane-.

La muchacha se marchó, como si se perdiera en el horizonte. Sus pasos eran tan leves que no parecían tocar el piso, siquiera rozarlo. Repentinamente se esfumó: como una voluta de humo. Cusane llamó a su Responsable. Al día siguiente se reunieron en asamblea de emergencia.

– Es una vampiresa -determinó el Responsable-. Los vampiros ven con más claridad que los mortales el destino de la humanidad. El futuro. El rojo amanecer. Y evidentemente quieren sumarse. Pero nosotros, como revolucionarios, ¿qué respuesta debemos darles?

¿Qué hacer?

– Afiliarla -propuso Cusane-.

– No -retrucó el Responsable-. No somos una hinchada de fútbol, que se jacta de sumar activos sin ton ni son. Nosotros queremos militantes concientizados: atentos a los avances y retrocesos de la vanguardia de la clase trabajadora. No una secta milenaria y feudal. No podemos ser el furgón de cola de una estirpe vampira. Yo digo más: liquidémosla como parte de la clase dominante.

Los aplausos sellaron la alocución. Determinaron preparar sigilosamente el local con cruces, agua bendita, ajos, espejos, y un francotirador con una bala de plata. Cusane fingiría afiliarla; en cuanto Ludmila se inclinara para firmar, el Responsable la empujaría dentro del ambiente y el ejecutor le dispararía la bala de plata al corazón.

Marcharían con el cadáver a Plaza de Mayo, antes de que se desintegrara, y le mostrarían al Pueblo que habían ajusticiado a una vampiresa. Sería el umbral de la Revolución. Cusane aceptó a regañadientes, porque no quería que lo expulsaran del Partido. Pero confabuló consigo mismo eludir la orden. Alertaría a Ludmila de la trampa. Con el paso de las horas, su audacia aumentó: abandonaría el Partido por Ludmila. Le advertiría y huiría con ella. Solo se apartaría cuando la dejara a salvo.

En el atardecer señalado, Cusane aguardaba con un bolígrafo, la planilla y una faca escondida en la media. Pero el Responsable y Ludmila llegaron juntos del bracete. Cusane no tuvo tiempo ni de pensar una reacción.

– La camarada abrirá la Regional de Base de Proyección Latinoamericana, con un discurso propio -anunció el Responsable.

Su rostro había mutado a pálido, los ojos a un azabache apagado, dos colmillos asomaban bajo cada extremo de unos labios amarronados.

– Decile a Cato que se vaya -siguió el Responsable-. Sacá los ajos, las cruces y rompé los espejos.

Cusane se apresuró a cumplir la orden sintiendo que el corazón se le estrujaba. Ludmila ni lo miró. Era su modo de ejecutarlo.

WD



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