La huella de carbono del trigo, en el centro del debate


El punto más fuerte del evento “A todo trigo” que se celebró esta semana fue la presentación de la huella de carbono de este cereal en el país. El estudio fue patrocinado por Argentrigo y conducido por el ing. Rodolfo Bongiovanni, del prolífico INTA de Manfredi. Rodolfo es un profesional a quien venimos siguiendo desde hace treinta años. Infinidad de papers en equipo con el inolvidable Mario Bragacchini. A ellos les debemos una serie de hitos cruciales en la Segunda Revolución de las Pampas.

Lo que determinó este estudio es que a nivel chacra, el trigo argentino “cuesta” 148,5 kg de CO2eq (“Equivalente Carbono”) por tonelada. Muy por debajo de los niveles de los grandes productores del mundo, en particular de la Unión Europea. Conviene saber que hoy en la UE todas las actividades tienen que exhibir su huella de carbono y se estableció un valor de 45 euros la tonelada de CO2eq. Es decir, hay un valor de referencia que permite calcular la diferencia entre modelos. Es un tema crucial porque es inexorable que esto derive en dos caminos: o un impuesto a las emisiones, o un mercado voluntario donde quienes generen diferencias a favor podrán convertirlas en bonos transables. También puede haber combinaciones entre ambos. Es el mundo que viene y hay que estar listos.

De este índice, dice Bongiovanni, un tercio es explicado por el propio cultivo, otro tercio son los fertilizantes, y otro el gasoil. Y agrega que la huella varía por el nivel tecnológico. “Un nivel tecnológico bajo aumenta la huella un 16%, cuanto mayor es el rendimiento del cultivo, menor es la huella de carbono”.

Detengámonos en este punto, porque es clave. El primer principio de la ecología es la eficiencia en el uso de los recursos. Y eficiencia es la sumatoria de todos los factores de una ecuación compleja, a la que concurren tecnologías soft (manejo) y un flujo de insumos que se ordenan en esa línea de montaje que administra el productor. Es decir, no son solo “las cosas que ponemos” sino el cómo y el cuándo. El “Just in time” en la jerga de un proceso industrial.

Partimos de la base de que nuestros agricultores se encuentran entre los más informados y mejor capacitados del mundo, y esto viene de lejos. La gran cuestión entonces pasa por la disponibilidad, en tiempo y forma, de todas las herramientas que hacen al rinde. Fue por presión de los chacareros que tuvimos las mejores sembradoras de siembra directa, la soja RR y los eventos apilados de maíz. En el caso del trigo, también fueron ellos los que pasaron por arriba de las fuerzas conservadoras cuando abrazaron voluptuosamente la generación Baguette, los cultivares franceses que permitieron dar un salto enorme en los rindes. Se hablaba de calidad, de susceptibilidad a enfermedades, de posibles problemas comerciales. Pero allí están: hoy toda la genética de trigo cuenta con germoplasma europeo.

Y ahora tenemos el HB4, que va a cambiar la historia. Porque aunque hagamos todo bien, este potencial de rendimiento en general no se expresa plenamente. Y esto es consecuencia de lo que no podemos manejar, al menos por ahora: el clima. Hemos aprendido a acumular agua, con la directa, las rotaciones, y evitando que las malezas consuman lo que necesita el cultivo. Pero todos los años la falta de lluvias durante el ciclo del trigo provoca pérdidas de rendimiento. El año pasado se perdieron 3 millones de toneladas. En 2018 se habían perdido 4. A los precios de hoy, esas 7 millones de toneladas significan 2 mil millones de dólares.

A esto podemos expresarlo también en costo ambiental, por default. Porque con el mismo gasto en recursos y dinero, se dejaron de producir 7 millones de toneladas. Estamos incrementando la huella de carbono por tonelada producida, ya que el gasto es el mismo. Con un agravante: cuando no llega el agua, no se aprovecha el fertilizante. Costo económico y también ambiental, porque el nitrógeno no absorbido se va a algún lado. Y el fertilizante es responsable de un tercio de la huella de carbono. Volveremos sobre esto.

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