la historia del “oro verde” argentino continúa…


La enorme repercusión del informe digital sobre la epopeya de la soja en la Argentina,  cuando se cumplen 50 años de la primera cosecha importante, nos hizo sentir que nuestra sociedad tiene gran avidez por conocer más sobre esta tabla de salvación que nos mantiene en pie. Y, sobre todo, sacarla del “lado malo” y poner en valor todo lo que significó y significa para la economía y la sociedad.

Fue una producción extraordinaria. Entre Mauricio Bártoli, Juan Raggio y el inestimable aporte de los equipos multimedia de Clarín, logramos abrir la puerta de una historia de éxito, que paradojalmente atraviesa uno de los períodos más críticos de la vida nacional. Se puede seguir viendo: https://bit.ly/3qHABLK

Primera reflexión: qué hubiera sido de la Argentina sin “el yuyo”. Segundo, me corrijo sobre algo que dije varias veces metafóricamente, remarcando que la soja es un maná que llovió sobre estas pampas. Los holandeses suelen decir que Dios creó al Universo, pero a los Países Bajos los crearon los holandeses. Bueno, Dios creó la soja, pero en la Argentina la trajeron los pioneros y nos enseñaron su cultivo. A los tropezones, pero aquí está.

Este año no nos ayuda el clima y estaremos por debajo de las expectativas, pero igual aportará más de 20 mil millones de dólares en exportaciones genuinas, con una balanza comercial delirantemente favorable, ya que la proporción de insumos importados es mínima. Y con el privilegio de que hay capacidad instalada para procesar y agregarle valor al 100% de la cosecha.

Dicho esto, quiero volver sobre un momento decisivo, casi mágico, que vale recordar. Aclaro: la mayor parte de los protagonistas de este capítulo ya no están con nosotros (en unos casos, desaparecieron las organizaciones, en otros, nos abandonaron tempranamente). Voy a evocarlos.

Una dupla fundamental fue la de Francisco Firpo y Eduardo Leguizamón. Francisco le había propuesto a Nidera, que presidía Leguizamón, la compra del semillero Asgrow, que lideraba el mercado de soja. Nidera no estaba en el negocio de semillas, pero ya anidaba la idea de crear un “caño de ida y vuelta”: enviar insumos y “originar” mercadería para exportar. Nacían los canjes.

Asgrow, bajo la batuta del enorme Rodolfo Rossi, tenía un contrato con Monsanto, e iniciaba el sendero de los eventos transgénicos. Los de Nidera jugaron al póker. No mostraron interés por el gen RR, que era la bala de plata. Dijeron que les interesaban otros eventos, pero no el RR. Monsanto, desde su cuartel general en Saint Louis, presionó para que lo licenciaran. “Bueno, si viene en el combo lo tomamos”. Y se volvieron con el contrato firmado.

Conviene recordar que en aquel momento (hablo de 1994), Monsanto no estaba en el negocio de semillas y era todavía una compañía de agroquímicos, con la patente del glifosato con alguna vida por delante. Todavía no había comprado Dekalb, que además no tenía semilla de soja. Así que su leit motiv parecía más que nada que alguien tomara la licencia para ellos vender más glifo.

Cuando se supo que la soja RR estaba en camino, vino un aluvión de demanda. Desde Aapresid surgió un clamor para que el evento estuviera disponible. El secretario de Agricultura, Felipe Solá, no lo quería aprobar porque tenía resquemor sobre el beneficio que (suponía) iba a tener Monsanto. En realidad, el primer beneficiado fue el productor. El segundo, Nidera, que logró un posicionamiento enorme en su negocio de semillas. Y los de Monsanto la veían pasar, mientras surgían nuevas plantas de glifosato en el mundo y también en Argentina.

Ya no están Firpo ni Leguizamón. Ya no están Monsanto, absorbida por Bayer, y Nidera fue adquirida por la china Cofco. La historia continúa, mientras la soja sigue dando que hablar.

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