La agroindustria argentina todavía está a tiempo de aprovechar una gran oportunidad



Muchos me preguntan: “¿cómo la ves?”. Y me regodeo en la sorpresa que provoco cuando respondo que “la veo bien”. Pero es la verdad.

“Verla bien” no significa que tengamos el futuro resuelto. No estamos condenados al éxito. En realidad, pareciera que estamos condenados al fracaso, por esa recurrente vocación tanguera de sabiondos y suicidas. Ni el tiro del final te va a salir.

Pero supongamos que estamos a tiempo de subirnos a la plataforma azul, de la que alguna vez hablé. Era la propuesta del genial empresario irlandés Pierce Lyons, cuando abría el mega evento de su empresa Alltech Co, en Lexington (Kentucky) convocando a la innovación, la inventiva y el desarrollo. Desde esa plataforma se ven con más nitidez las oportunidades. Y las amenazas, que siempre existen, dejan de ser un obstáculo insalvable. ¿Entendés o no?

¿Cuál es la oportunidad? Cortita y al pie: el mundo tiene hambre, pero hambre cualitativa. La humanidad dio un salto enorme, desafiando la tesis maltusiana. No solo crecimos y nos multiplicamos, sino que ahora la enorme mayoría de la población mundial está haciendo la transición hacia dietas más sofisticadas. Y costosas, tanto en términos económicos como ambientales. Pero es la consecuencia del crecimiento. Pasar de pobre a rico es pasar de lo vegetal a lo animal. Millones de chinos lo confirman.

Estamos frente a un cruce de caminos, es cierto. Mientras los pobres que dejan de serlo incursionan en las proteínas animales, los ricos del mundo parecen unirse para escupirnos el asado. En vivo y en directo, asistimos a un cruce de líneas. Algunos tienen una visión sesgada y piensan ya en firmarle el acta de defunción a las carnes. Allá ellos. Quizá a la larga tengan razón (todo cambia), pero la realidad marca otra cosa.

Y vivimos en esta realidad. La semana pasada el USDA sorprendió a los mercados con un informe que reducía en un millón de hectáreas la superficie a sembrarse con soja. Limit up (límite de alza) en Chicago, arrastrando al maíz. Maíz y soja son la base de la industria de proteínas animales en todo el mundo. Los seres del reino animal no aprendieron a hacer fotosíntesis. Necesitan proveerse de estos dos insumos básicos.

Los stocks están en niveles críticamente bajos, y eso que no salimos de la pandemia. Y que la peste porcina africana sigue haciendo de las suyas, sofrenando la recuperación de los criaderos de China. Todo se mira con ojos achinados. La República Popular sigue expandiendo su presencia en todos los orígenes, comprando desde soja y maíz hasta el producto terminado. Verdadera aspiradora de carne vacuna. Negociando duro, bajando los precios con artimañas en general poco amigables. Pero allí están y no parecen en condiciones de abandonar el barco. Chorizo mata lenteja.

Corolario: la cosecha (que en algún momento estuvo amenazada por la sequía) nos encuentra con volumen y precio. La semana pasada CIARA-CEC dio a conocer el dato de liquidación de divisas de marzo: 2.700 millones de dólares, récord absoluto desde que la entidad lleva el registro, hace 18 años. El principal producto de exportación de la Argentina es la harina de soja, obtenida de la molturación (crushing) del poroto. Hay capacidad instalada para moler 60 millones de toneladas por año. Habrá capacidad ociosa.

El aceite, el otro producto derivado de la soja, está también atravesando una primavera espectacular. En esto tiene mucho que ver el crecimiento de la demanda como insumo culinario y gastronómico, pero también el enorme crecimiento de la conversión en biodiesel, en particular en Estados Unidos. Conviene recordar que el gobierno de Trump le puso derechos de importación ridículamente altos al biodiesel argentino, sacándolo abruptamente del mercado y provocando una fuerte crisis en la industria local. Pero el lado bueno es que ahora están digiriendo 3 millones de toneladas de aceite que, de no haber tenido este destino, estarían abultando los stocks mundiales.

Malasia e Indonesia, grandes productores de aceite de palma, también se favorecen con el crecimiento del biodiesel en todo el mundo. Aunque tropiezan con la imagen de que las plantaciones de palma se realizan en tierras de desmonte.

En cambio, la soja argentina tiene certificado de sustentabilidad. Un trabajo de Jorge Hilbert, del INTA, demostró que la huella de carbono del biodiesel de soja argentino cumple con el exigente standard europeo.

La soja en Argentina rinde 3.500 kg/ha. Tiene 18% de aceite, es decir, 630 kg/ha. Quedan 2.800 kg, que es la harina que se peletea.

Sembrar y cosechar una hectárea de soja insume 50 litros de gasoil (o biodiesel puro si se quiere). Un litro de biodiesel se obtiene con un litro de aceite. Es decir, con una hectárea de soja tenemos el combustible necesario para sembrar 12 hectáreas. Que van a producir 30 toneladas de proteína vegetal de alta calidad sin costo ambiental. Recordemos que la soja se provee por si sola del nitrógeno que necesita. Solo hay que gastar en reponer lo que se lleva, y esto es básicamente transporte. Y gracias al biocombustible, el transporte es cada día más sustentable.

Esto es lo que hay, no lo que imaginamos. Imaginemos ahora lo que podría haber si nos dejamos de pialar entre todos.



Fuente