Fabricio “Chío” Cagnin, el hijo de Gilda que convirtió la herida en canción


Hubo un tiempo en que Fabricio Cagnin huía del estadio de Vélez en pleno partido. O abandonaba boliches en lo mejor de la noche. Era cuando sonaba una canción de Gilda.

No me arrepiento de este amor, aunque me cueste el corazón… coreaban eufóricos sus amigos en un pogo, mientras a él lo lo invadían calambres en el alma. Flashbacks del paraíso perdido.

A los ocho años subió a un micro y cuando bajó ya era adulto. Su vida tiene una incisión que marca el antes del 7 de septiembre de 1996 y el después, cuando despertó en un hospital, solo. Aquel día, rumbo a un show en Chajarí, Entre Ríos, un camión brasileño chocó en el kilómetro 129 al colectivo en el que él viajaba junto a su hermana, de 11 años, su mamá, y su abuela. Murieron las tres, además del chofer y tres músicos de la banda.

“El nene del micro nunca volvió”, apuñala con su historia Chío, su nombre artístico ahora, un juego sonoro de la infancia, las últimas cuatro letras con las que su mamá lo llenaba de besos al grito de “Fabrichio”.


Mariel y Fabricio, los hijos de Gilda.

La casa de Devoto era el reino de la música y el amor infinito, la muralla donde la palabra muerte no significaba nada, solo existía el eco de la risa de las tres mujeres con las que convivía, su hermanita, Mariel, mamá Miriam, y de  “abu” Tita. Hoy Chío volvió a vivir en ese “templo”, con otras tres mujeres: su mujer e hijas.

Es hijo de esa misma que se abrió camino destilando ternura en minifalda cuando las reinas absolutas eran las curvilíneas Lía Crucet y Gladys La Bomba tucumana. Miriam no llegó a ver el fenómeno popular en el que se convirtió, el milagro post mortem desde una bailanta de paredes descascaradas hasta sonar respetadísima en el castillo de algún magnate. Chío sí fue testigo de esa revolución póstuma. Metabolizarlo le llevó varios años.

Nació el 23 de mayo de 1988, en épocas en que Miriam Alejandra Bianchi era maestra de un jardín de infantes en su propia casa, dos años antes de que grabara tímidamente su voz en un par de canciones del disco de Las Primas.

Después de la colisión maldita nunca hubo psicólogos. Luego del mes de internación, su padre, que estaba separado de Gilda, lo llevó a vivir a la localidad bonaerense de Ciudadela. Casa de hombres silenciosos, de “procesiones por dentro”. Raúl y el abuelo, dueño de una fábrica de escobas, criaron a Fabricio con todos los cuidados, pero “como habían aprendido”, desde una masculinidad sin demasiadas palabras.

Tiene la misma edad que tenía su madre cuando murió. Por 20 años no pudo contar con alegría de quién era hijo, ni se mostró públicamente. “Crují por dentro y no volví”, canta ahora, desgarrado. En su primer álbum, Estamos vivos, escribe en carne viva, nos explica a la perfección quién es el que volvió de Entre Ríos. “Si quieren conocer lo que sentí, escuchan cada tema y se encuentran con un diario personal”.

Una historia de resurrección y música. (Foto: Germán García Adrasti).
Una historia de resurrección y música. (Foto: Germán García Adrasti).

Recuerda a su madre manejando por la autopista con el estéreo al máximo al ritmo del grupo español Mecano. También le vuelven mosaicos de “Gil” cantando Cachita, de Montaner. Su educación musical abarca desde Charly García y Fito Páez hasta Queen, Michael Jackson y los tangos que tarareaba su abuela. “Tengo registro de cuando mamá compuso No me arrepiento de este amor en su habitación, con el órgano. Para mí era natural”, evoca. “Yo no le daba tanta importancia”.

Entre los 8 y los 16 no pudo ni rozar una guitarra. La de Gilda dormía en un estuche en un cuarto cerrado, hasta que un día se quedó solo en casa, abrió una puerta y se atrevió a cargarla. Fue como abrazar el dolor, admitirlo, empezar a derretirlo. “El dolor estaba como bajo llave, pero te sigue y no podés dejarlo a un costado, tenés que habitarlo, aprender a llorarlo, mirarlo con amor después de un tiempo”.

-¿Cuánto tiempo tardaste en volver a escuchar su música por voluntad propia?

-Recién cuando nacieron mis hijas. Fue como decir “mami te voy a presentar a las nenas“. Con ella empecé a festejar cumpleaños, a armar el árbol de Navidad que no había armado. Porque en ese micro yo perdí la infancia y salí viendo la cara fea de la vida. Perdí la ingenuidad de niño y con mis hijas la recuperé.

-¿Cómo aprendiste música?

-Jugando, a los 4. Mi abuela era profesora de piano y guitarra y me explicaba. Nunca pensé en compartir mi música, era para mí, me hacía bien, no era la idea sacar un disco, exponerme, contar mi historia.

Fabricio junto a su hermanita Mariel, quien murió en el accidente.
Fabricio junto a su hermanita Mariel, quien murió en el accidente.

-¿Cómo era esa época en que sonaban los temas de tu mamá en la cancha y no podías procesar semejante emoción?

-Era tremendo. Estaba en la popular y de repente aparecía No me arrepiento de este amor. Era muy raro. O me iba, o ya no veía el partido. Una vez, amigos míos, me preguntaron que sentía. Me puse a llorar. No encontraban respuesta. Claramente tenía mucho dolor encima, me habitaba. Pasa que yo pensaba que me podía ir de ahí, que lo podía evitar. Cualquier evento social, sonaba mi mamá. Club de fútbol, papi, un corso, primeras matiné. De repente pasaban un tema y me aplastaba. Una vez que caía no me podía levantar. Tenía que irme. No podía enfrentarlo, hacerme cargo de eso.

-Hasta que te lo permitiste…

-Sí, me lastimaba tanto que decidía irme e inventar un mundo. Por eso yo le digo a la gente que pasa por algo así: en un momento tenés que darte vuelta y abrazar el dolor. Va a doler, pero tenés que mirarlo con una mirada más amorosa. Yo estoy muy agradecido a mi mamá, a mi abuela, a mi hermana. Me han hecho ver la vida desde otro lugar. El dolor te da mucha conexión con la vida, te enseña a no perderte tanto en la pavada cotidiana o en dejar el ego de lado del: ¿Por qué a mí? Una vez que tuve una mirada contemplativa, florecí. Hoy estoy completo. Así como nunca hablaba de mi mamá, tampoco me encontraba como artista. Me ayudó mucho el barrio.

-¿De qué manera?

-Me fui de Devoto a la casa de papá en Ciudadela. Ahí me encontré en mi casa un silencio tremendo. Pero salía a la calle y había chicas, chicos, éramos como 15. Siempre había alguien. Un abuelo con el que hablar en la vereda. Las vecinas de la cuadra, señoras grandes. Familiaridad. Un día en un carnaval, por ejemplo, sonaba un tema de mi vieja, todos éramos nenes de 12 ó 13. Me abrazaban. Esos nenes sin saberlo me ayudaron un montón. Encontré afecto en el barrio.

-¿La terapia nunca fue opción?

-En esa época, para mi papá y mi abuelo, que no mostraban los sentimientos, eso era para locos. Los 90. Tuve que avanzar solo. Ahora no lo necesito, sané mis raíces. Me siento como florecido, lleno de amor. Entiendo mi vida y no reprocho nada, tampoco me quedo en la melancolía de lo que pudo haber sido.

-Tu mamá decía en un video que eras un dolor de cabeza, movedizo. ¿Cómo fuiste inmediatamente después del accidente, en qué cambió ese chico?

-Yo era inquieto, de hacer travesuras, todo el tiempo paradito en Dirección. Eso cambió radicalmente con lo que pasó. Nunca más en Dirección. Me apagué. Hace poco vi un video de mis 9 o 10 años, recibiendo un premio de mi mamá, pero no públicamente. Me acuerdo del dolor que sentía en ese momento. Me vi la cara y me quise abrazar. Fue durísimo, por ejemplo, no haberme cambiado de colegio.

-¿Por qué?

-Porque volví a la escuela Hogar San Rafael, veía a los compañeros de mi hermana y no la encontraba a ella. Todo el entorno hizo que me cerrara. Así y todo, tuve una infancia con amor. Pero me traía dolor que me preguntaran: ¿Sos el hijo de Gilda? Una pregunta que recibí por primera vez en la ambulancia. Hoy entiendo a ese nene y no le reprocho nada. Hizo un montón. 

-Decidiste volver a vivir de adulto en esa casa en la que fuiste feliz y de repente quedó vacía. ¿Cómo se dio esa decisión?

-Volví por primera vez a los 16 y sentí un vacío enorme. Entré al cuarto que compartía con mi hermana y no había nada. Buscaba algo que hubiera quedado en un rincón de a casa, pero nada. Después volví con la idea de una familia. Dije: “Acá van a llegar mis hijas”. Esa casa nos recibió con una luz inmensa. Yo tengo más afinidad con las mujeres que con los hombres y no digo que es una revancha, pero fue un nuevo comienzo.

"Chio" aprendió música desde los cuatro gracias a su abuela. Desde los 8 y hasta los 16 no pudo tocar una guitarra. (Foto: Germán García Adrasti).
“Chio” aprendió música desde los cuatro gracias a su abuela. Desde los 8 y hasta los 16 no pudo tocar una guitarra. (Foto: Germán García Adrasti).

Un vestido y un amor

​Solo una vez fue al cementerio, a la tumba de su madre en Chacarita, y sintió que ahí “no había nada”. No volvió a tener relación con la pareja de Gilda, Toti Giménez, su productor. En 2016, sin prensa, “Chío” guió a la directora Lorena Muñoz en lo que fue la película biográfica que protagonizó Natalia Oreiro. Esa fue la puerta que lo reconectó con su historia y lo empujó a salir del anonimato.

No conserva demasiados objetos de su madre: la herencia son algunos casetes y los dibujos infantiles de él y su hermana en los que Gilda, hiperdetallista, aclaraba la fecha. Hace unos años un tesoro llegó a sus manos gracias a una vecina. Es un vestido azul que el ex de la cantante le entregó a una amiga, Susana.

Un día, la mujer tocó timbre en la casa de Fabricio y dejó una caja. La prenda principesca es la estrella de su “museo”: “Me dicen que no es el vestido del último video, pero para mí sí, porque ella reciclaba mucho. Quiero creer”.

Pudo haber sido abogado, pero uno de los tres ACV de su padre lo alejó del primer año de la cursada de Derecho en la UBA. Con parte del cuerpo de su papá paralizado, tuvo que salir a poner el hombro en la fábrica de vinagre, en el partido de Tres de Febrero. “Empecé envasando, vendiendo, hacía de todo, ir a cobrar. Eso me enseñó, fue una escuela, y me trajo a donde estoy hoy”, dice mientras prepara como obrero el show del 23 de noviembre en Rondeman Abasto.

"Estamos vivos", el primer disco de Chio, el hijo de Gilda
“Estamos vivos”, el primer disco de Chio, el hijo de Gilda

Una decisión del pasado le da alivio y gratitud. A medida que el mito crecía, los argentinos se preguntaban por el niño sobreviviente, pero su padre había sido tajante en su elección de no exponerlo en los medios. “Siempre se lo agradezco. Estamos hablando de un accidente fatal, puro dolor. Lo admiro porque él perdió a mi hermana y así y todo, con su tristeza, nunca se fue de mi lado, hasta hoy somos guardianes uno del otro. Él tuvo tres ACV y yo también lo cuidé. La nuestra es una conexión única”.

Brenda, su mujer, dos años menor, su bastión, es milimétrica en el recuerdo. Cuenta que se vieron por primera vez en una disco de Caballito, Seven. No supo hasta un año después de quién era hijo. Él bailaba con su amiga, pero en un tramo de la noche se le acercó a ella. “Era junio, invierno y al final de la noche mis amigas fueron al guardarropas arriba y yo las esperaba abajo cuando volvió Fabri. Volvimos a conversar y ahí sentí una conexión. Agarró una bombilla de la barra e hizo un gusanito y me lo regaló. ‘Cuando llegues a tu casa ponele agua y vas a ver que se va a mover’. Nos pasamos el MSN, creo que lo anotamos en el brazo. Al otro día vi la solicitud. No nos separamos nunca más”.

Presente. Eso dice el tatuaje de su cuello, a pesar de que para explicar quién es tiene que viajar para atrás, describir al primer Fabricio, el anterior al accidente, o al primero posterior, el de la transición solitaria. Éste es todo luz, todo resiliencia y resignificación. Su discurso parece drenaje. No es que ahora no duela. Es que aprendió caminar y a bailar con todo eso a cuestas.

-¿Te acordás de acompañar a tu mamá a los shows, del detrás de escena?

-Me quedó muy presente la energía que tenía ella en el escenario. Yo la acompañaba siempre que me dejaba y me quedaba despierto. Ella hacía tres shows o cuatro por noche. Recuerdo de verla de perfil cantándole a la gente con una entrega, un sudor, un fuego. Se me ponía la piel de gallina, quería estar ahí.

-Hubiera sido más fácil reversionar los hits de tu mamá. Toda una definición no haber elegido el camino más fácil…

-Los temas de ella son inmaculados. ¿Qué podría yo agregarle a esto? Al final de mis shows sí canto siempre dos temas de ella: Corazón valiente y No me arrepiento de este amor. Voy por lo que me mueve y me emociona, sino hubiera hecho reggaeton. Estoy convencido de que me va a ir muy bien, porque voy con la verdad, tengo un mensaje real. Y la gente vibra en la misma sintonía que yo.

Chío con su guitarra y su tatuaje en el cuello "Presente". (Foto: Germán Garcia Adrasti).
Chío con su guitarra y su tatuaje en el cuello “Presente”. (Foto: Germán Garcia Adrasti).

-¿Sentís que tenés ya parte de un público que es heredado?

-Obvio. Los más fans que van al cementerio todavía, por ejemplo. 

-¿Creés en esa leyenda de que la canción “No es mi despedida” es una premonición?

-No tengo idea de cómo se manejaron en la discográfica. Sé que ella le hizo la canción a dos fans de Bolivia. Yo nunca lo tomé como una despedida ni un presentimiento.

-¿Cuáles son las canciones de Gilda que más te emocionan?

-Dos temas me representan mucho y los resignifiqué: Corazón valiente, porque veo todo lo que transité y digo ‘soy un corazón valiente’, me doy ese título. Y No me arrepiento de este amor, porque es el amor de ellas. Si viene alguien y me dice que me da el poder de nacer de vuelta y tener otra madre, hermana y abuela por 150 años, diría que no. Yo soy el abrazo de mi hermana que me ayudaba en el colegio, mi vieja saltando en la cama jugando, mi abuela enseñándome música. Todo ese amor enorme lo llevé conmigo y me ayudó a superar todo. La fatalidad también trajo una enseñanza enorme. Ellas me transformaron.

-¿Creés en señales, vivís el día a día en esa sintonía en la que están tantos fanáticos de Gilda, que hablan de magia, misticismo en torno a su figura?

-Estoy convencido de que mi mamá está conmigo. Cierro los ojos, le agradezco, la siento. Muchas veces me pasan cosas que identifico como mensajes. Pienso en ella y de pronto, su música, más de 20 años depués. Una vez en casa estaba solo a la noche, apagué las luces y le hablé. Creer o reventar: sentí que me abrazó.

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