El Corte, el mito rengo del rock argentino: psicodelia, drogas, un naufragio mortal y una sobrevida inesperada


Un grupo dark que surge como respuesta explícita a un dúo pop prefabricado en la segunda mitad de los años 80, en una Buenos Aires que dejaba la primavera alfonsinista para sumergirse de a poco en la hiperinflación.

Dos discos que cargan aún hoy con el karma de ser considerados “de culto”, más allá de una innegable calidad acorde con el momento en el que fueron editados, y que tuvieron el reconocimiento tanto de sus pares como de un público de nicho pero fiel.

Una separación sin pena ni gloria. La muerte absurda de uno de ellos en el extranjero, y el olvido que llevó a que en pleno auge de las reediciones discográficas en compact disc fueran absolutamente pasados por alto.

La vuelta del vinilo con el cambio de siglo, el aumento de los precios de los incunables en el mercado de coleccionistas hasta rozar lo impagable y lo estúpido, y un gesto anacrónico para estos tiempos de streaming como es reeditar esa obra en formato CD, en una tirada limitada pero con una fidelidad de audio muchísimo mejor a la que se puede acceder vía You Tube.

Javier Calamaro y Hernán Reyna, la piedra fundamental de El Corte, que marcó un quiebre con lo que ambos venían haciendo en Frappé. Foto Gentileza Javier Calamaro

Y un futuro final feliz, con la concreción de un documental.

El Corte (Javier Calamaro, el fallecido Hernán Reyna, Pablo Martín, Leo Ramella y Federico Oldenburg) tiene, en este pandémico 2021, una sobrevida inesperada. Y, al mismo tiempo, una historia que merece ser contada.

El antecedente a la formación de El Corte fue Frappé, un dúo formado por Calamaro y Reyna, compañeros de colegio, que supo sonar en la radio en 1985 con su hit En la cama todo bien.

“Con Hernán teníamos un compañero que se llamaba Julián Benjamín, y también estaba Kevin Johansen. Al terminar el colegio los cuatro tuvimos una banda, y después Julián y Kevin se fueron por su lado. Ellos hicieron un grupo que se llamó Instrucción Cívica y nosotros Frappé”, recuerda Javier.

“Cachorro López le llevó un demo a Pelo Aprile, con quien estaba uña y carne porque era el apogeo de Los Abuelos de la Nada. Pelo nos llamó, y nos propuso grabar y tocar. Los temas tenían demasiado acarreo de nuestra cultura adolescente, que era en ese momento muy limitada y muy influida por todo lo que había alrededor”, cuenta el menor de los hermanos Calamaro.

A drogarse, que el todo es una mierda

El cierre del capítulo es contundente: “Lo que resultó de eso fue una cosa muy decepcionante: entramos en un circuito de discotecas que no iba con nosotros. Al tercer show nos miramos con Hernán y dijimos: ‘Nosotros no estamos para esto’. Ahí empezamos a consumir drogas más duras, y terminamos de reafirmar nuestra teoría personal de que todo es una mierda… ¡A los 19 años! (risas)”.

Pero Calamaro y Reyna estaban convencidos a continuar juntos en la música. “Decidimos que era mucho más interesante, entretenido, creativo, artístico y bueno para el alma quedarse encerrados haciendo música. Y eso fue lo que hicimos: nos encerramos con Hernán durante un año en una habitación en el departamento donde aún hoy vive mi vieja”, recuerda el primero.

El plan se ponía oscuro. “Comenzamos a hacer música ambiental influidos por David Sylvian: tracks de tres, cuatro, cinco o veinte minutos que grabábamos en una porta estudio. Fuimos conociendo algunas personas, y a los que nos parecían interesantes los reclutábamos”.

El plan se ponía oscuro, de la mano de la influencia de David Sylvian, que venía de publicar "Alchemy: An Index of Possibilities" y el maravilloso "Gone to Earth". Foto Gentileza Javier Calamaro

El plan se ponía oscuro, de la mano de la influencia de David Sylvian, que venía de publicar “Alchemy: An Index of Possibilities” y el maravilloso “Gone to Earth”. Foto Gentileza Javier Calamaro

Así se sumaron Oldenburg (quien trabajaba como periodista en la Revista Pelo y había estudiado con Carlos Cutaia) en teclados, Pablo Martín en bajo y Leo Ramella en batería.

“Yo llego a la banda a través de la hermana de Hernán, y de Sergio Rotman”, recuerda Martín desde Nueva York, donde vive desde hace años. “Mariela, la hermana de Hernán, le preguntó a Sergio si conocía alguien que tocara el bajo. Rotman me llamó y me preguntó si quería tocar con Frappé. Fui a la casa de Javier, vi estas nuevas canciones para este nuevo grupo, y así entré”.

Ramella, en cambio, ingresó por recomendación de Mónica Vidal, cantante de El Lado Salvaje, que tiempo después desaparecería en el Amazonas junto a su novio Pablo Esau, baterista de Los Pillos.

Psicodelia y surrealismo en una noche helada

“Ellos estaban buscando baterista. Y habían probado bateristas consagrados, infinitamente mejores, pero se dieron cuenta que yo estaba en sintonía conceptual con ellos. Entramos en el dark, y en una psicodelia y un surrealismo más profundo, del que estábamos muy convencidos”, dice Ramella.

El armado de la banda se completó a través de recomendaciones, entre otras, de Sergio Rotman y Mónica Vidal, cantante de El lado salvaje. Foto Gentileza Javier Calamaro

El armado de la banda se completó a través de recomendaciones, entre otras, de Sergio Rotman y Mónica Vidal, cantante de El lado salvaje. Foto Gentileza Javier Calamaro

La amistad de Javier con Jorge Caterbona, hoy un afamado director de cine publicitario pero en ese momento un estudiante, hizo que el segundo dirigiese un video clip del tema Ansia negra en un depósito de Obras Sanitarias ubicado en Villa Devoto.

“Al tener las canciones dijimos: ‘Este lugar está buenísimo. Vamos a grabar ahí’. O sea: ‘Grabemos un disco de canciones pero con ese sonido ambiente’. Fuimos con Mario Breuer y el estudio móvil de Panda al lugar, pusimos micrófonos lejos, y la banda tocó en vivo en una noche. El disco no tiene sobre grabaciones: en algunos tracks lo que quedó fue el demo original”.

El resultado fue el primer disco de El Corte. Con una portada que muestra una reproducción de un cuadro de Leopoldo Torres Agüero llamado Mori Sensei, presenta un sonido excepcional y único: las enormes cámaras naturales del lugar potenciaron la impronta dark del quinteto y brindan como resultado un audio saturadísimo pero, al mismo tiempo, con un atractivo propio, gracias a la inusual locación de registro.

“Es un disco que se nos escapó de las manos y quedó así. Y así y todo está buenísimo. ¡Andá a igualar ese sonido! Es totalmente personal. No sé si hay otro disco así en la Argentina. Para escuchar el primer disco de El Corte tenés que estar con un estado de ánimo muy especial”, afirma Martín, convencido y orgulloso.

Grabamos durante toda una noche helada en un lugar oscuro, gigantesco, todo lleno de hierro, altísimo. Pusimos unas alfombras y Mario llevó sus cosas, que instaló en un cuarto separado. Se pusieron micrófonos alejados y fuimos haciendo tomas hasta que nos parecía que estaba bien”, apunta Ramella.

Ensayos y conciertos en La Manzana de las Luces y en el Centro Cultural Recoleta: lugares más arties y sofisticados como reacción por parte de Hernán y Javier a ese pasado pop de Frappé.

Menciones en la encuesta de fin de año del Suplemento Sí! de Clarín, con Ansia negra y Quiero estar con Dios, votados por sus colegas como Mejor Tema. “Yo ni me enteré, y Hernán menos. A Hernán no le importaba nada”, dice Javier).

Y paralelos sincrónicos que aún hoy no son del todo bien aceptados. “Toda la comparación con Bauhaus me cuesta mucho relacionarla porque no sonábamos como ellos, ya que nuestra propia ineptitud lo hizo imposible, por más que lo hayamos querido. Para mí éramos como un garage goth. Mejor aún: ¡un galpón goth!”, indica entre risas Martín.

De esa manera, tras ese primer disco, Pelo Aprile dejó al grupo en libertad, y el flamante sello Berlín Records (que también supo editar El ritual de la banana de Los Pericos, y Viajar lejos, de Los Pillos, ambos producidos por Javier) reclutó a la banda para un segundo álbum.

“Fue el paso de algo oscuro a algo más luminoso está en la tapa, en los títulos, en las ganas, en algunos acordes que suenan más felices. De todos modos creo que cuanto más nos alejamos de la oscuridad y del surrealismo fuimos hacia la disolución. Pero aún hay mugre y actitudes malditas”, señala Ramella.

“El segundo disco es más ordenado, y es precioso. Estábamos copados con el country: empezábamos a meter un montón de sintetizadores arriba de algo que Hernán había escrito con la guitarra. Entonces la idea original se iba convirtiendo en otra cosa. Las mejores canciones eran las de Hernán: eran increíbles. Tenía un vuelo y un talento extraordinario”, dice Calamaro.

Y al reescuchar El camino contrario (segundo disco de El Corte, grabado arriba de los másters de 20/10 de Nito Mestre), más allá de la impronta oscura y cierto tufillo a The Smiths, hay que darle la derecha a Javier.

Temas como El fruto del mar (corte de difusión), Lo tomé de un trago y Me voy, te vas suenan como un antecedente al country narcótico de El ídolo de Babasónicos. Asimismo, en las letras, hay una obsesión premonitoria por parte de Reyna al agua de mar y a las profundidades oceánicas.

Un canto del cisne que fue su muerte

El camino… fue el canto del cisne para El Corte. Calamaro, Martín y Reyna tienen recuerdos distintos sobre el final del grupo.

“De la separación me hago cargo por completo, ya que quien la propuso fui yo. Javier comenzó a dispararse hacia lugares que a mí no me resultaban nada interesantes, y yo no quería seguirle los pasos a alguien en ese estado. Me parecía una persona que no tenía que ver conmigo”, dice Ramella.

“Javier empezó a perder un poco el interés. El quería trabajar de músico, y eso no iba a ocurrir con El Corte, al menos no inmediatamente. Entonces empezó a hacer medio la suya y nosotros estábamos con esa cuestión onda ‘somos todos artistas’. Lo dejamos pasar, pero en un momento nos sentamos y le dijimos que si se quería ir estaba todo bien”, agrega Martín.

Y aclara: “No nos separamos: la banda se disolvió. La idea era que el resto iba a seguir haciendo algo en conjunto, sin Javier. Pintó tocar con Mimilocos, pero éramos muy vagos. Y al mes Hernán se fue a Europa”.

Las versiones del final no concuerdan; Ramella y Martín dicen que Calamaro había cambiado de búsqueda; en tanto Javier resalta la decisión de Reyna de irse a Europa como el fin de su sociedad creativa. Foto Gentileza Javier Calamaro

Las versiones del final no concuerdan; Ramella y Martín dicen que Calamaro había cambiado de búsqueda; en tanto Javier resalta la decisión de Reyna de irse a Europa como el fin de su sociedad creativa. Foto Gentileza Javier Calamaro

Calamaro, en cambio, da cuenta del viaje de Reyna al Viejo Continente. “Hernán se hizo amigo de un pibe que se llamaba Daniel, que tenía familia en Alemania. Seguía muy colgado con los ácidos. En un momento dijo: ‘Me voy con Daniel a vivir a Alemania’. Se fue con este pibe, y fue lo peor que le podía haber pasado”, cuenta.

Y sigue: “Luego se hartó de este zopenco, y se cortó y apareció en España. Ahí nos escribíamos cartas, y nos mandábamos música. Seguíamos amigos: yo escuchaba la música que me mandaba”.

El desenlace menos imaginado

El 20 de enero de 1994, Hernán Reyna salió a navegar por la mediterránea costa de Javea, cerca de Valencia, con su novia Sol y dos personas más. Dentro de una gruta los cuatro quedaron en medio de una tormenta. La embarcación se dio vuelta. Sol fue la única sobreviviente: Hernán murió allí, como las otras dos personas.

Federico Oldenburg, su ex compañero de grupo, estuvo a cargo de sus exequias y le avisó a Pablo Martín, quien a su vez le comunicó la mala nueva a la familia Reyna. Parecía, así, que El Corte llegaba a un final irreversible.

El tiempo pasó para todos. El año 2021 encuentra a Calamaro afianzado como solista, tras haber conocido las mieles del éxito con Los Guarros, después de El Corte. Martín, por su lado, hoy es el guitarrista de Tom Tom Club, el combo que lideran los ex Talking Heads Tina Weymouth y Chris Frantz, ex bajista y baterista de la banda liderada por David Byrne.

En tanto, Ramella hace música electrónica bajo el alias de Emisor tras haber sido parte de La Forma y Resonantes, y Oldenburg abandonó la música y para dedicarse al periodismo gastronómico en España.

Así las cosas, El Corte era un recuerdo feliz en sus vidas hasta que Gabriel Carbone, factótum de Twilight Records (sello y disquería especializada en dark y música gótica), les propuso reeditar los dos discos en CD.

La reedición de los discos de El Corte, que aún no están en las plataformas digitales, hace justicia a dos álbumes que suman al link entre dos momentos y tendencias definidos del rock argentino. Foto Gentileza Javier Calamaro

La reedición de los discos de El Corte, que aún no están en las plataformas digitales, hace justicia a dos álbumes que suman al link entre dos momentos y tendencias definidos del rock argentino. Foto Gentileza Javier Calamaro

“Yo ya había reeditado el año pasado con mi sello Gala, el debut de Euroshima. Y la verdad es que me fue bastante bien, y hubo mucha repercusión. Entonces empecé a pensar en buscar aquellas bandas oscuras, que sólo habían sido editadas en su momento en vinilo”, comenta Carbone.

Así fue como se le ocurrió El Corte. “Era una banda que me gustaba mucho en su momento. Mi primer contacto fue Pablo, y a él le pareció muy linda la idea”, agrega, y recuerda que no contaban con nada para hacerlo.

“Los audios originales -explica- no estaban, por lo que no te digo que tuvimos que empezar de cero, pero sí de dos. Levantamos los audios de los vinilos que me dio Javier, limpiamos los ruidos y los masterizamos. En una semana lo tuvimos listo. Y con los artes de tapa hicimos un trabajo similar. Quedamos todos re conformes”.

La banda opina de la misma forma. “Sin un formato físico las reediciones no tienen sentido. Con el sello estamos viendo la posibilidad de editarlos también en vinilo. Hacerlo en CD fue mucho más sencillo. Y está bueno, porque nos da la posibilidad de tener unos buenos masters para cualquier movida digital”, dice Martín.

El músico enseguida agrega que la mayor motivación que tuvo para avanzar con el proyecto fue ofrecerle al público que queda el producto accesible, dentro de una situación normal. “A esta altura de mi vida, entre ser mito y ser catálogo, prefiero ser catálogo”, concluye Martín.

“Fue una idea maravillosa: gente que aún cree en el arte en esta era mercantilista, asquerosa y de paranoia, de tonteras y redes. Nosotros aplaudimos eso”, festeja Javier. “Todo lo referido a El Corte siempre estuvo bordeando lo absurdo, por lo cual esto no tiene que extrañar a nadie. Supongo que es inesperado para todo el mundo salvo para el que lo quiso hacer. Que por alguna razón lo hizo”, se ríe Ramella.

Esta sobrevida del grupo tendrá un nuevo capítulo cuando vea la luz el documental sobre la banda (y sobre Hernán) que está llevando a cabo el periodista Daniel Flores, quien supo escribir sobre ellos en la antología Gente que no, publicada en 2012 por la editorial Piloto de Tormenta, con registros audiovisuales inéditos hasta este momento.

Entonces, seguramente, se completará de forma definitiva la historia de El Corte: un mito que hasta no hace mucho estaba rengo, pero que de a poco terminará caminando a paso firme.

E.S.

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