“El cáncer es bueno para su salud”, la ironía sobre la agroindustria global


El ex comisionado de Comercio de la Unión Europea (UE) y ex director General de la Organización Mundial de Comercio (OMC), Pascal Lamy, una voz respetable de política exterior, parece haber caído en el pantano de las reyertas doctrinarias. En dos nuevos diálogos virtuales, que convocaron el IFPRI de Washington y el Centro de Reflexión Bruegel de Bruselas, definió con llamativa claridad las “verdades” dogmáticas que nunca entendieron sus interlocutores oficiales y civiles del Mercosur.

Los debates perpetrados en ambas orillas del Atlántico Norte pusieron sobre la mesa el futuro de la OMC, del comercio agrícola, la agroindustria, los problemas alimentarios, y el papel de China en este despiadado jolgorio de tensiones globales.

Una de las debilidades que arrastran los foros que deberían ventilar con acierto el mercado del pensar regional y mundial, es la tendencia a eludir la confrontación de puntos de vista, una conducta que lleva a multiplicar los errores conceptuales, a desconocer los hechos y a consolidar la tendencia a dar por políticamente correcta la ignorancia colectiva. El principal problema a la hora de transmitir política comercial en la Argentina, es la visible escasez de personal idóneo para entrar al núcleo de los problemas que requieren detallado análisis. Nadie puede explicar lo que no sabe.

Uno puede imaginar porqué entre los panelistas de Bruegel no hay calificados portavoces del Grupo CAIRNS, ya que la religión verde de los europeos no es exactamente flexible ni admiradora de la liberalización del comercio agrícola. Resulta más complejo entender el porqué del IFPRI, ya que su sede reposa en un país donde alrededor del 90% de la oferta agropecuaria se destina directa o indirectamente al mercado global.

Lamy no hizo mayores prólogos al expectorar la idea de que la división internacional del trabajo es un concepto inaplicable a la agricultura, una afirmación que dista de reflejar la realidad económica de cientos de miles de oferentes no monopólicos esparcidos en la mayor parte del planeta. Sus propios ex colegas suelen denunciar presuntas “fallas de mercado” sin devaluar por antojo, o desatención, las teorías de David Ricardo. Pascal debería saber que lo único que está concentrado en pocas manos es el comercio exterior de commodities agrícolas y que no hay motivo serio para desenganchar ese intercambio sectorial de su histórico y responsable papel en la gestión de la seguridad alimentaria. La accidental presencia de unos pocos gobernantes estúpidos que restringen exportaciones cuando a sus países le sobran stocks y le faltan divisas, es una cuestión psiquiátrica, no un drama de política comercial.

Lamy también aseguró que la Unión Europea (UE) se divorció de las estrategias proteccionistas para volcarse a la generalizada aplicación de “mecanismos precautorios”, una perversa variante de la misma religión, ya que él mismo reconoció que la segunda opción es más arbitraria y eficiente para cerrar los mercados al comercio exterior.

Según Lamy, Bruselas llegó a la conclusión de que no hay motivo valedero para complicarse la vida digitando aranceles de importación y subsidios, si con una tóxica regla sanitaria, de calidad, ambiental, climática o de supuesta seguridad nacional, uno puede matar importaciones sin sacarse los guantes.

Quienes seguimos en detalle el oficio entendimos hace muchos lustros que el problema actual es el proteccionismo regulatorio, no tanto las antiguas barreras arancelarias y cuantitativas que sería necesario achicar lo antes posible. Tampoco ignoramos que, en materia de políticas tóxicas, Bruselas alcanzó insuperables niveles de liderazgo, excelencia y sofisticación.

El enfoque precautorio accedió con notable facilidad al proyecto de Acuerdo de Libre Comercio birregional UE- Mercosur, algo que nuestra región habrá de lamentar si la revisión del texto aporta mayor y bíblico retorcimiento al capítulo sobre desarrollo sostenible.

Lo que eternamente quiso introducir Europa es la falsa noción de equiparar seguridad alimentaria con autosuficiencia alimentaria, para caer en la irracional justificación de producir a cualquier costo en el propio mercado y de paso hacer puré los sistemas ecológicos. El Euro-Parlamento viene cocinado desde 2016 un proyecto de decisión orientado a sustituir la importación de leguminosas que el Viejo Continente importa de Estados Unidos, Brasil y la Argentina e incluye, entre otros productos, a la soja y sus derivados. De eso, y no de Caperucita Roja habla Lamy cuando afirma que la división internacional del trabajo basada en la eficiencia no es aplicable a la agricultura. Sin duda veremos algo de esto en la nueva y retrasada Política Agrícola Común (PAC) 2021/27.

En la literatura que figura en el sitio de internet del Comisionado de Comercio Internacional de la UE, se jerarquiza como gran éxito el haber incorporado la versión del principio precautorio adoptada en el proyecto de Acuerdo birregional UE-Mercosur de junio de 2019 el que, como es público, fue reabierto en forma unilateral por las autoridades comunitarias (ver mis anteriores columnas).

Lamy siquiera se privó de señalar que el principio precautorio permite eludir sin esfuerzo la necesidad de otorgar trato especial y diferenciado hacia los países en desarrollo. Al ser una norma unilateral cualitativa y preventiva, no está sujeta a las distintas disciplinas, escalas de preferencia arancelarias u otras obligaciones prescriptivas de alta complejidad. Una restricción por emergencias como la pandemia otorga el derecho de cerrar el mercado sin dar grandes explicaciones y es una medida que no exige dar trato especial por nivel de desarrollo al país afectado.

Pero estos no fueron los únicos puntos del debate. Afortunadamente en el caso del IFPRI también participó el colega Joseph Glauber, investigador senior de esa agencia anfitriona, quien recordó que los subsidios estadounidenses a la agricultura habían quintuplicado en los últimos tiempos el nivel legalmente autorizado que se certificara en la Ronda Uruguay del GATT.

Lamy inclusive se prodigó en otras observaciones que pueden cautivar a los auditorios que carecen de adecuada preparación. Por ejemplo cuando señaló que las economías de mercado deben reforzar las normas de defensa de la competencia contra los persistentes abusos de ciertas naciones del Asia (China entre ellas), lo que resulta lógico y necesario si Bruselas no desconoce las reglas de los Acuerdos de la OMC sobre ambas disciplinas y Beijing insiste en desafiar la ley de gravedad.

Para muchos suena a mercantilismo clase Donald Trump, la bolsa de comentarios del Euro-Parlamento por los crecientes déficits bilaterales con el mercado chino, una tendencia que sólo empeoró tras la sinuosa firma del Acuerdo bilateral de Comercio e Inversión. Uno espera que el Viejo Continente no adhiera al torpe criterio de la reciprocidad automática cuando se debate la competitividad y no caiga en el disparate de crear su propio EU first (Europa primero).

Durante las charlas, Pascal tampoco olvidó los vínculos difíciles que hay entre la UE y China en los tiempos que corren. Nadie duda las dificultades que supone convivir con la potencia asiática que hoy es el mayor trader del planeta y no escatima bravatas de país en desarrollo.

Confieso que el escuchar a Lamy evoqué la escena protagonizada años atrás por las empresas tabacaleras al recibir el veredicto de culpabilidad que se asignara a la deliberada promoción del vicio de fumar. En ese momento sus ejecutivos sopesaron la posibilidad de lanzar campañas positivas para remontar el bajón anímico de las empresas. Al escuchar semejante propuesta, un publicitario le mostró a su colega un irónica nota que decía ¿qué te parece si ensamblamos la nueva publicidad bajo el lema “el cáncer es bueno para su salud”?.

Nota de la Redacción: El autor es diplomático y periodista.

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