Cuatro formas de sentir culpa y consejos para combatirla


“Por qué cada vez que hago lo que me hace bien me viene una sensación horrible de malestar, de culpa. Me pasa con mis hijos, me pasa con mi madre (un montón con ella), con mi marido, con mis amigas no tanto, aunque también. Me pasa cada vez que me elijo a mí, una mierda, viene la parejita de culpa y castigo y me arruina los mejores momentos. No sé, no me enseñaron o no aprendí a ponerme adelante”.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. En el mundo en que vivimos, el sentimiento de ser responsables de algo que ni siquiera entendemos nos hackea la posibilidad de disfrutar y ser felices.

No hablo de responsabilidad, no hablo de las consecuencias de aquello que sí hacemos.

Hablo de este sentir absurdo de aquello que nos impide conectarnos con un disfrute relajado, placentero y amoroso con nosotros mismos. Hablo de la culpa como ancla en el vivir, como grillete, como dique frente a la posibilidad de encontrarnos con nuestro deseo.

Se trata de un sentimiento que se instala en general desde la infancia y contra el que luchamos en nuestra vida adulta. Luchamos contra los mandatos que nos graban a fuego.

“Tenés que aprovechar el tiempo”. Y si es un día gris, lluvioso, frío y domingo ¿encima tenemos que pedir permiso a nuestra conciencia moral para permitirnos un día de ocio porque nos da culpa estar en la cama “sin hacer nada”?

“Tenés que hacer que los demás se sientan bien”. La empatía y amorosidad son de las virtudes más lindas del mundo. ¿Pero si el bienestar de los demás no va de la mano de mi malestar? ¿Si tengo que resignar sistemáticamente lo que yo quiero para agradar al otro?

El mundo me pide, y yo lo escucho, y a quien no oigo es a mí. La culpa viene de la mano con el castigo por no poder poner a los demás los límites que quisiéramos.

“Todos los NO que me quedan adentro enferman y me prometo que la próxima vez los diré. Me enojo por cada cesión que hago de lo que NO quiero. Por cada baldosa de mi camino que resigno por el bienestar de otros. Me enojo por no decirle a mi amiga que NO tengo ganas de salir. Por lavar los platos después de cada cena cuando yo también quiero quedarme en sobremesa. Por no decirle a mi jefe que el sábado no trabajo.”

La culpa, el castigo y un círculo vicioso que en algún momento tenemos que empezar a romper.

Pero la culpa viste varios trajes, varias formas, varias máscaras.

La culpa adquiere muchas formas. Foto Shutterstock.

Culpa del sobreviviente

Recuerdo una queridísima paciente. Corría el 2004, yo coordinaba el área de grupos de una institución, y esta chiquita en aquel entonces, 20 años, fue sobreviviente de la tragedia de Cromañón.

En su relato decía que cuando comenzó el incendio, por instinto puro de supervivencia, se apura a tirarse al piso, empieza a reptar y logra salir a la calle. Ella se salva (hoy es madre de tres hermosos niños), su mejor amigo muere en la tragedia.

Gran parte de su recorrido terapéutico estaba apoyado en la afirmación traumática, tremenda, contundente de: “Yo soy quien tendría que haber muerto, yo tendría que haber regresado, salvarlo, él no está y yo acá no puedo disfrutar. Me tendría que haber muerto yo salvándolo”.

La culpa del sobreviviente en esta tragedia, en las guerras, en los accidentes de autos.

Y ella sabe que es absurda porque la vida que conservó y salvó ese día no es la que le falta a su amigo, pero cómo entender y cómo explicarse, lo que desde la razón es evidente.

Estaban los dos en el mismo lugar, fueron juntos, él muerto y ella viva, y la culpa la atormenta hasta mucho tiempo después.

En situaciones no trágicas pero si traumáticas y dolorosas como la muerte de un familiar de manera temprana o por una enfermedad terminal, este mismo mecanismo también se activa.

“Yo sabía que algo me pasaba pero no entendía que era. Hasta que cumplí 50 años y ese día fue el más difícil de todos mis cumpleaños. Y ahí entendí. Estaba empezando a vivir más tiempo de lo que vivió mi padre, que murió a sus 49 por un cáncer fulminante, Ahí entendí todo, estaba prolongando y superando su tiempo de vida. ¡Tremendo!”

El relato es de un hombre de 60 años que todavía extraña (y mucho) a su padre que murió a sus 49 cuando él tenía tan solo 22 años.

La culpa del sobreviviente es una de las formas más crueles de este sentimiento que de por sí es tirano y despiadado porque viene a mostrarnos dolor aun y sobretodo en los momentos de placer y disfrute.

Quienes están vivos cargan con este sentir como condena residual en las profundidades del aparato anímico. La única manera de contrarrestar esta carga es a través de la elaboración del duelo. Si lo sufrido se elabora, entonces la culpa y el castigo no vendrán a demolernos los momentos felices de nuestra vida.

Si lloramos lo que tenemos por llorar, decimos lo que tenemos por decir y desahogamos lo que nos atora le estaremos obstruyendo el acceso al sentimiento de culpa y sus aliados.

La culpa del sobreviviente, una de las más dolorosas. Foto ilutrativa Shutterstock.

La culpa del sobreviviente, una de las más dolorosas. Foto ilutrativa Shutterstock.

Culpa porque los demás no pueden

Estábamos en el Caribe. Un crucero. Mi marido, 6 alemanes y yo. De cuento y película. El capitán nos quiso dar una sorpresa y amanecimos anclados frente a una isla que era sacada de un sueño. Me invadió una sensación tan maravillosa, de felicidad plena, y al instante, como latigazo una angustia demoledora y rompí en llanto.

Mis padres nunca pudieron viajar, muy humildes ellos, yo podría regalarles un viaje pero hoy no están en condiciones de salud. Y se me vino mi madre mirando a través de mis ojos esta maravilla, pero ella no va a poder nunca. Y me arruiné esa mañana mágica, con la mirada desconcertada de los alemanes y el abrazo tierno de mi esposo.

Muchas veces la culpa viene como invitada a arruinarnos la posibilidad de disfrutar aquello que tenemos porque quienes están cerca de nosotros no pueden participar del disfrute. Y claro que no se trata de momentos que sacamos a nuestra familia o amigos sino de logros propios, meritorios y bien ganados en la mayoría de los casos.

Pero la empatía, los mandatos y el sufrimiento de quienes queremos se amalgaman y nos empastan muchos momentos de nuestras vidas.

No hay en este caso caja de herramientas posible, salvo el trabajo terapéutico.

La culpa está instalada en napas profundas de nuestro psiquismo, pero sí sugiero, indico y pido que cuestionemos las certezas y estemos particularmente atentos a las trampas de muestra mente. Podemos darle batalla, claro que podemos.

Culpa por emociones taponadas

No levanta más de 1.20 metro del suelo. Desde el diván de mi consultorio ella, su madre, su hermano mayor y el padre.

“Esta es la última vez que me faltás el respeto. Yo no te educo para que seas una nena quejosa”, dice la madre.

La pequeñita respira hondo, frunce el ceño, la mira y dispara: “Y yo no te voy a querer más”. Posa fijo los ojos sobre su madre con carita de mucho pero mucho enojo. Un enojo en alguien pequeño no es un pequeño enojo, no señor. Está muy enojada. Es chiquita, pero su enojo es grande.

Su madre la mira, luego a mí y después a su esposo, como pidiendo ayuda. Un Instante más tarde, rompe en llanto. Un llanto que no la deja respirar. Y entre Sollozos dice: “Tan triste va a estar mamá toda la vida con eso que le acabás de decir”.

El enojo de la niña sufre el golpe de knock out por el impacto de la angustia de su madre. La pequeña la mira, entre asombrada, perpleja y angustiada. Llora ella también. Las cosas se complican.

Intervengo y le pido al padre que salga con los niños. Me quedo solo con la madre y le explico: “Tu hija está enojada, no dejó de quererte. Pero si taponás de esta manera su sentir, su bronca y su enojo, quizá logres que algo de esto ocurra, y algún día, quizás deje de quererte. Por ahora es solo un enojo”.

La madre recupera su entereza, sonríe, se seca las lágrimas y sale a buscar a su niña, simplemente para pedirle disculpas y decirle que se extralimitó.

Los niños necesitan un libre fluir de sus emociones, y somos los padres los que habilitamos o taponamos esto desde la más temprana infancia. Vivimos en un mundo en donde las emociones se encorsetan por default:

  • Las nenas buenas hacen toda la tarea.
  • Todo lo que me sacrifico por vos, y me hacés esto ¡No me lo merezco!
  • Ya pasó, no llores, no te duele más.
  • Sana, sana, colita de rana, si no pasa hoy pasará mañana. ¿Y si mañana no pasa?
  • Mantequita, ¡cómo le duele!
  • Levántate y sigue corriendo.

Y pueden agregar más frases de cada propia cosecha. Tapones, obstáculos para sentir, analgesias al sufrir, y sobretodo, trampolines para que la culpa se instale.

Culpa si me enojo,  culpa si no quiero, culpa si digo NO, culpas y más culpas fabricadas en la infancia. De la casa a la mesa y ¿qué hacemos con eso ahora? La culpa se construye desde afuera hacia adentro y se sana desde adentro hacia afuera. Ese es el trabajo, esa es la tarea.

La culpa puede aparecer asociada a momentos de disfrute. Foto Shutterstock.

La culpa puede aparecer asociada a momentos de disfrute. Foto Shutterstock.

Culpa por tener bronca, los pensamientos mágicos

Camina tomado de la mano de su madre. Lo veo venir a media cuadra desde la puerta de mi consultorio, mientras despido a un paciente.

Camina y llora, llora con lágrimas de esas que brotan como a presión; llora con ganas de llorar. Una vez en la puerta, me saluda moqueando, le pregunto a su madre si pasó algo. “Nada importante, él te va a contar, lo dejo y vuelvo cuando termine la hora”, me responde.

Sigue llorando a lo largo del pasillo que separa la puerta de mi consultorio. Se sienta y llora más fuerte, no logra articular palabras. Con sus 5 años trata con la fuerza de un titán de frenar esas lágrimas, me quiere contar pero no puede.

Vaso de agua, caramelo, y logra articular, entre sollozos: “Mi papá se está muriendo por mi culpa​, dice como confesando un crimen”.

Le pido que me explique, pero sólo puede como en piloto automático repetir la frase. Todo esto, por supuesto, sin dejar de llorar. En ese momento, decido llamar a la madre, que interrumpa sus quehaceres y que se sume para explicar lo que su niño no puede.

Una vez en el consultorio, logramos reconstruir la escena y situación.

El padre no se está muriendo, sí está internado, con un cuadro de apendicitis. El pequeño había sido regañado por él, días atrás; y según puede decirme, al cabo de un largo rato, ya más tranquilo, lo que había pensado: “Ojalá que reviente”.

El padre, comienza al día siguiente con dolores, concurre a una guardia en la que es evaluado y diagnosticado con una apendicitis; de no ser rápidamente intervenido quirúrgicamente, corría el riesgo de pasar a peritonitis, con los peligros que esto conlleva.

El niño oye una conversación telefónica en la que su madre le cuenta a una amiga la situación diciendo: “Imaginate que, si revienta, la cosa se complica”. Hablaba del apéndice, claro está.

Al oír esto, el pequeño ata cabos e infiere que el padre corre peligro de reventar, a causa (y de esto no tiene dudas) de que él le deseó esta suerte. Casi detectivescamente, logramos con la madre y el pequeño entender finalmente esto que les relato.

Explico la lógica del pequeño, no sin antes decir que, una vez lograda la comprensión del asunto, me aboqué a calmarlo y convencerlo respecto de que su padre no se iba a morir, y que la enfermedad no era responsabilidad suya.

Los niños pasan, en algún momento de la temprana infancia, por un modo de razonar que fue nombrado desde el psicoanálisis como “pensamiento mágico omnipotente infantil”. En éste, los pequeños experimentan la certeza de que sus deseos, ideas y fantasías se harán realidad por su mera formulación, o al imaginarlo.

Este ejemplo ilustra de manera clarísima cómo funciona este modo de procesar las emociones; en este caso, la furia del niño ante el reto de su padre. La fantasía de los niños es que la fuerza del deseo es tan poderosa que con sólo sentirlo, sucederá. Una especie de “abracadabra” que todo lo puede.

Hay resabios interesantes de estas manifestaciones que son normales en personas más grandes (cábalas, rituales de control de tipo obsesivo).

La buena noticia, el pensamiento NO es tan poderoso. No lo es, créanme.

Caja de herramientas para combatir la culpa

¿Hay cosas que podemos hacer con el sentimiento de culpa? Claro que sí.

1- Entenderlo a través del autoconocimiento y el proceso terapéutico

2- Ponerlo en palabras, muchas veces es tan doloroso que lo silenciamos. A veces la mirada del afuera puede ser un bálsamo sobre nuestro sentir

3- Realizar un ejercicio contra empático Por ejemplo: ¿Qué diría mi madre si le mando una foto aquí en esta maravilla de paisaje aunque ella no pueda venir? Seguramente se pondría feliz por mí. En caso de tener una madre culpógena y poco empática no realizar este ejercicio, pero sí podemos tratar de entender que las miserias de quienes queremos no son nuestra responsabilidad.

Seguramente el padre de mi paciente si pudiera le diría a su hijo lo feliz que esta porque vivió más que su corta vida y que además es un gran padre y persona.

4- No procrastinar los límites que nos ponemos por la culpa misma. Empecemos, como cuando hacemos fuerza para despertarnos de una pesadilla, a quitarnos de encima los grilletes que en nuestra vida el sentir que no tenemos derecho a ser felices nos genera. Desafiemos el sentimiento de culpa cuando es evidente que no nos lleva a lugares poco felices.

Muchas veces la culpa nos hace quedarnos en relaciones de pareja que no nos hacen felices. Muchas veces es un ancla a la felicidad o al intento de ella. Juntar coraje es una buena manera de empezar

5-Hagamos lista de mandatos que nos condicionan. Y comencemos a derribarlos con toda la fuerza que podamos.

Lo digo siempre: la vida es larga pero no tanto. Y muchas veces nuestra mente encierra los peores enemigos. La culpa, en esta sociedad tan culposa y en este mundo occidental que hace de ella un culto es uno de ellos. Hagámosla consciente, seamos cultores de una vida lo menos culposa de la que seamos capaces.

Que la culpa no derive en el auto castigo que puede empañarnos nuestra vida.

Que la culpa no sea un yunque, podemos hacerla más liviana, trabajando en nosotros mismos. Esa es siempre, absolutamente siempre, una buena noticia, una gran noticia. Ni más, ni menos…

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Autor de No huyo, solo vuelo: El arte de soltar a los hijos, Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y Herramientas para padres.​ Dirige, coordina y supervisa la @redasistencialpsi





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