Cómo debería operar el Gobierno en el mercado de la carne



Hola, ¿cómo estás? Yo bien, entretenido con el revuelo que provocó la secretaria de Comercio Paula Español, cuando espetó que no les va a temblar el pulso para cerrar las exportaciones de carne, como herramienta para sofrenar el impulso de los precios. “Especulación”, dijo.

Aunque la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca, después puso paños fríos, quedó flotando en el aire que el gobierno está a punto de caramelo para caer, una vez más, en la tentación del bien. La mentada preocupación por la mesa de los argentinos. La “maldición de exportar alimentos” otra vez en el centro de la escena.

Es cierto que los precios internacionales han subido fuerte. Entonces vuelven los embates sobre la idea del “desacople”, que no solo es de los políticos con responsabilidades ejecutivas. Muchos empresarios, incluso del rubro alimentos, comulgan con ella. Recuerdo que cuando Guillermo Moreno era secretario de Comercio, me llamó un día allá por el 2008 a raíz de una nota en la que yo planteaba la bonanza que significaba el aumento del precio de la soja.

“Vos tenés razón, pero Mastellone me dice que el precio de la soja se le mete en el sachet de leche. ¿Cómo hacemos para evitarlo?” Mi respuesta fue que no tenía ninguna posibilidad de evitarlo. Que con esos precios de la soja, también iba a subir el maíz. Y los arrendamientos. Y que los tamberos iban a tener mayores costos. Y que cualquier intento por evitar este proceso de manual de texto de economía en la secundaria, estaba condenado al fracaso. Peor el remedio que la enfermedad. La única alternativa era dejar que la soja entrara en el sachet de leche. Y si por razones sociales (que siempre se convierten en políticas) había que atender a los sectores más vulnerables, el camino eran los planes sociales o subsidios específicos. La copa de leche, la canasta alimentaria, el salario universal, lo que quisiera. Pero que no se metiera con los precios.

A Moreno no le tembló el pulso. A su jefe, el presidente Néstor Kirchner, tampoco. Terminaron aplicando rifle sanitario implícito. La mayor limpieza de ganado de la historia, con diez millones de cabezas liquidadas en un año, con la ayuda de una impiadosa sequía. Con la liquidación hubo carne relativamente barata por unos meses, hasta que se acabó. Todo tiene un límite, ya lo dijo Charly García.

El negocio ganadero tiene una peculiaridad: el producto (la carne) es a la vez la fábrica (la vaca, el “vientre”). Imaginemos una fábrica de tornillos. Cuando los tornillos valen, el empresario compra más tornos para aumentar la producción. De pronto, pone en el mercado más tornillos de los que puede absorber. Consecuencia: los precios bajan y entonces usa los tornos para otra cosa. O directamente los para y ahí quedan. O los vende.

Pero si el torno es una vaca, cuando el productor no tiene precio porque la carne abunda, lo que hace es deshacerse de la vaca. Lo que esto provoca es, paradójicamente, un aumento de la oferta de carne, con lo que la espiral negativa se retroalimenta. Hasta que se acaba la liquidación. Se empieza a sentir el faltante. Los precios suben.

Y cuando los precios suben, vuelve el interés. Un viejo axioma dice que el mejor remedio para los altos precios, son los altos precios. Rige para todo, pero más para esta cuestión de la ganadería. Los altos precios generan escasez momentánea, pero desatan una serie de fenómenos de alto impacto económico y social.

En primer lugar, crece la “capacidad instalada”. Más tornos/vacas retenidos para incrementar la producción futura. Y al mismo tiempo se desarrolla el mercado de sustitutos, en primer lugar otras proteínas animales. El pollo creció por propio mérito, gracias a la tecnología y las inversiones de grandes empresarios nacionales, como Joaquín de Gracia (Granja Tres Arroyos). Lo mismo pasa con el cerdo. Todos a la sombra de la carne vacuna, sin duda la abanderada en nuestra hiper dependencia de las proteínas animales.

Pero también hay otros sustitutos, con una expansión galopante en todo el mundo a partir del embate vegano. Las hamburguesas vegetales base soja son conocidas en la Argentina desde hace veinte años. Muchas alimenticias de primera línea han desarrollado marcas de gran renombre. La carne barata es el peor enemigo para esta diversificación de la oferta.

Dicho esto, creo que también hay que considerar algunas distorsiones que están impactando en la coyuntura. Claro que el origen es la complicación macroeconómica y el manejo cambiario. El desdoblamiento del dólar es una fuente inagotable de maniobras de sectores que operan en la marginalidad. Hubo y hay (aunque se pretende controlar) ventas al exterior de cortes baratos que antes iban al mercado interno. El juego consiste en subfacturar, traer un puñado de dólares por el oficial, y dejar los dólares “posta” afuera. La irrupción de la República Popular China, comprando esos cortes, permitió la proliferación de estos negocios por parte de agentes que adquieren ganado, lo faenan a fazón en algún frigorífico, y exportan la carne. Aparte de que esto es parte del origen de la escasez, también crea una situación compleja en la industria, ya que quienes operan dentro de los carriles formales se encuentran con desventajas competitivas. Sobre esto sí debe y puede operar el gobierno.



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