Biocombustibles: es la fotosíntesis, estúpido


La Argentina se cuenta entre los países que menos han contribuido en la batalla en la que se empeñó la humanidad para enfrentar el cambio climático global. Entramos fácilmente en la muletilla “progre” de que son los países desarrollados quienes más contaminan, o que las emisiones de CO2 de la República Popular China son cientos de veces más elevadas que las nuestras, que como países en vías de desarrollo no tenemos las mismas obligaciones, etc. etc. En esto también nos arreglamos para apartarnos de los deberes globales, instalando la idea de que lo que podemos hacer no moverá mucho la aguja.

Igual, algo hicimos. Con mucho esfuerzo, se avanzó en materia de energía eólica y en mucho menor medida, en solar. En ambos casos, con una fuerte corriente de opinión favorable. Son sin duda dos caminos inexorables para mejorar la matriz de generación eléctrica, y en eso está toda la humanidad, que ya firmó el acta de defunción de los hidrocarburos fósiles. A pesar de ciertos cenáculos negacionistas, a esta altura casi terraplaneros, la quema de petróleo y carbón ha colocado en la atmósfera lo que durante millones de años anidó en las entrañas de la tierra.

Sin embargo, el mayor impacto en materia de reducción de emisiones la produjo la incorporación de los biocombustibles en el transporte. La sanción de la ley 26.093 puso en marcha la saga del biodiesel (sustituto del gasoil) y del bioetanol (que reemplaza a las naftas) en la Argentina. Una epopeya que lleva menos de diez años, desde que maduraron las primeras inversiones. Y que ahora corre el riesgo de finalizar, ya que en mayo próximo se vence el plazo establecido por la ley.

El tema está muy caliente en el Congreso, donde ya se cuenta con la media sanción del Senado para prorrogar el régimen hasta el 2024, dando tiempo para armar un nuevo cuerpo legal para seguir adelante (o terminar) con una historia de éxito.

Por supuesto, todos juegan. Hay intereses muy fuertes, vinculados con la industria petrolera, para terminar con ellos. Los argumentos rayan con lo ridículo: desde que no reducen las emisiones hasta que la soja usa glifosato. Señores, los biocombustibles en la Argentina reducen entre un 70 y un 80% las emisiones de CO2. Tanto el etanol de caña de azúcar como de maíz, y en particular el biodiesel de soja. La soja ni siquiera utiliza nitrógeno, ya que lo toma del aire, y con el sistema de siembra directa el uso de energía se ha reducido tres veces. La eficiencia de las grandes plantas de crushing es reconocida mundialmente. Precisos estudios de expertos, como Jorge Hilbert desde el INTA, han servido para demostrar ante la UE que la soja argentina (y el biodiesel derivado de su aceite) exhibe un balance de carbono imbatible. Es la fotosíntesis, estúpido

Jorge Hilbert, asesor de actividades de Innovación en INTA Biocombustibles

En los diez años de vigencia de la ley, la Argentina, gracias a los biocombustibles, ha evitado la quema de 7,5 millones de metros cúbicos de nafta y casi 30 millones de gasoil. Equivalen a más de 100 millones de toneladas de equivalente carbono. A valores de hoy (20 dólares la tonelada) son 2 mil millones de dólares, pero los expertos dicen que en pocos años la tonelada de carbono va a valer 100 dólares.

Un camino de mil millas se inicia con un primer paso. Pero más allá de la contribución ambiental, esta breve historia permitió avanzar en varias categorías de amplia validez económica y social. En primer lugar, valor agregado en origen, donde todo se potencia con la fenomenal explosión tecnológica de la Segunda Revolución de las Pampas. Esto significó inversiones en el interior, asociativismo entre productores a través de sociedades y cooperativas. Más mercado para los básicos agrícolas, sometidos a los vaivenes de coyunturas de alta oferta.

En el NOA, el bioetanol le dio otra perspectiva a la siempre compleja industria de la caña de azúcar. En la región pampeana, el racimo de plantas de etanol enclavadas en la cuenca de Rio Cuarto-Villa María significó instalar un “puerto seco” a 300 km del río Paraná, con enorme ahorro en materia de fletes. Y generando un co-producto, la burlanda, que se destina a la producción de carne y leche en la mayor cuenca quesera de la Argentina.

Cuando se desencadenó la pandemia, estas plantas de etanol rápidamente se adecuaron para atender la demanda del principal insumo para combatir el coronavirus: el alcohol en gel, donde se mezcla el etanol con la glicerina, a su vez un producto derivado de la elaboración de biodiesel.

Medio ambiente, alimentos, energía y salud, todo sin salir de casa. No hagamos macanas.



Fuente