Actualizar el software de la democracia


Cuando The Economist me pidió que escribiera un artículo sobre cómo la tecnología puede ayudar a salvar la democracia, no dudé en aprovechar la oportunidad. Durante la mayor parte de mi vida, la tecnología y la política han sido mis dos grandes pasiones, aunque rara vez pude dedicarme a ellas ya que quedaron relegadas por mi principal preocupación: el ajedrez.

Pero una vez que me retiré del ajedrez profesional en 2005, pude tratarlas como algo más que pasatiempos, con la ayuda de muchos amigos expertos que tuvieron la amabilidad de abrirme la puerta de sus mundos. Desde la inteligencia artificial hasta los medios de comunicación e información, pasando por encuestas y elecciones, he mantenido cientos de conversaciones sobre el uso o la creación de nuevas herramientas para resolver los desafíos a los que nos enfrentamos en la actualidad. Lo paradójico es que muchos de estos desafíos son la consecuencia de esas mismas nuevas tecnologías que esperamos que nos salven.

Probablemente esté familiarizado con la Ley de Moore: según Gordon Moore, el legendario tecnólogo y cofundador de Intel, la cantidad de transistores de un circuito integrado se duplica aproximadamente cada dos años. El resultado práctico es bastante simple y comúnmente entendido: que los PC duplican su velocidad cada dos años. La estimación de Moore resultó bastante precisa, y se ha convertido en una «ley» que se ha mantenido desde 1975.

El poder de disponer de una curva de mejora tan estable es enorme, ya que permite la planificación estratégica en las innumerables industrias que dependen de la potencia informática y de los precios de los equipos.

El impacto de esta duplicación frecuente en otros aspectos de nuestras vidas ha resultado mucho menos predecible. En comparación, la evolución de la sociedad humana es terriblemente lenta, aunque también se está acelerando. Luchamos por seguirle el ritmo al desarrollo digital, los avances que pueden darse en un abrir y cerrar de ojos, la ejecución de un código que afecta a miles de millones de vidas en todo el mundo, sin los obstáculos de fronteras geográficas y nacionales.

Gordon Moore, uno de los padres de la informática moderna. Wikipedia Commons

Leyes y normas para la libertad y la democracia

En cambio, nuestros sistemas políticos están fundamentados sobre burocracias en constante crecimiento que siguen la Ley de Parkinson mucho más expansiva que la de Moore. En lugar de añadir transistores más pequeños a un chip para hacerlo más rápido y más barato, la burocracia se expande constantemente y se vuelve más lenta y cara. Los funcionarios tienden a crear trabajo para los demás y el trabajo aumenta para ocupar el tiempo disponible.

Al aplicar la tecnología digital a algunos procesos gubernamentales, como la publicación de documentos o el seguimiento del presupuesto, no se ha resuelto este problema fundamental. La velocidad tampoco resolvería jamás el problema de la falta de capacidad de respuesta del Gobierno, ya que nuestros sistemas democráticos se basan en elecciones que tienen lugar cada pocos años. No se le puede pedir a la gente que calle durante tanto tiempo, no cuando disponen de la gratificación inmediata que supone el tener acceso a Twitter y Facebook las 24 horas del día los 7 días de la semana.

Tentaciones por la democracia en las redes sociales

Jack Dorsey, CEO de Twitter. Foto Reuters

Jack Dorsey, CEO de Twitter. Foto Reuters

La comunicación podría calificarse de instantánea desde la llegada del teléfono y ubicua con la proliferación de Internet desde hace treinta años. A diferencia de los anteriores medios de comunicación electrónicos, la radio y la televisión, Internet es un canal bidireccional. En lugar de ser un simple receptor, también era un micrófono, y luego se convirtió en un megáfono.

El cambio no fue tan significativo hasta que apareció algo que podía unir los millones de megáfonos: las redes sociales. Hago distinción entre los medios de comunicación social en sus formas original y superior, y las redes sociales, que conectan a los individuos entre sí. En solo unos años, cada vez más personas reciben las noticias o, considerando lo distorsionadas que están muchas de ellas, sus «noticias» mediante un rápido vistazo en Facebook.

Esto no quiere decir que las noticias falsas no proliferen también en la televisión por cable y la radio, obviamente lo hacen, pero el ciclo de retroalimentación de las redes sociales se polariza como en ningún otro medio. Sus amigos y familiares están allí; parece algo personal porque lo es. También fomentan y recompensan la participación individual de una manera que la televisión, la radio y otros sitios web no pueden. Las teorías de la conspiración se extienden más fácilmente cuando la gente se siente afectada y no un mero observador.

La capacidad que todos tienen de compartir su opinión sobre cualquier tema nacional de actualidad acentúa las divisiones partidistas, lo que obliga a todos a tomar partido abiertamente. Según demuestran muchos estudios, cuando se trata de problemas locales y personales (educación, delincuencia, servicios sanitarios), existe una disposición mucho mayor a comprometerse para encontrar soluciones. De esta forma, todos tomarán parte. Muchos tenemos opiniones firmes sobre casi cualquier tema de carácter nacional o internacional, pero hemos de admitir que no nos afectan directamente demasiado. Esto no significa que no sean importantes o que no debamos tomar parte de forma activa en estos grandes problemas. Esto muestra que los asuntos locales son un buen punto de partida para buscar el consenso y construir una comunidad, y para romper las burbujas partidistas y así compartir nuestra humanidad. El objetivo es aprovechar esa empatía y predisposición para resolver esos grandes problemas.

Estad atentos: la actualización de la democracia está en marcha

Kasparov, en 2017. Foto AFP

Kasparov, en 2017. Foto AFP

Como he escrito a menudo aquí, en Avast, las amenazas y las armas tienden a aparecer al comienzo del ciclo de vida de una nueva tecnología. Destruir y explotar es más fácil que crear y desarrollar capas de estándares y seguridad, procesos que tardan mucho en desarrollarse y nunca se terminan realmente. No debería sorprendernos que las redes sociales se hayan convertido en un arma al igual que lo fue el correo electrónico, o que sea difícil encontrar un equilibrio entre el bien público y la necesidad de las empresas privadas de conseguir ganancias.

Remendar nuestras viejas instituciones es necesario pero no suficiente. A menos que lancemos nuevos y ambiciosos planes para modernizar nuestros sistemas políticos y hacer frente a la demanda de inmediatez y capacidad de respuesta impulsada por la tecnología, este círculo vicioso de extremismo y colapso continuará.

Debemos emular los aspectos positivos de las redes sociales, con su capacidad instantánea y granular para identificar y responder a lo que las personas están pensando, lo que les importa y lo que necesitan. Debemos poner el énfasis en los problemas locales para fomentar compromisos que produzcan resultados. Debemos ir más allá de los partidos obsoletos que representan tantas cosas que apenas representan a nadie.

Comprender e incorporar nuevas tecnologías a cualquier sistema o sociedad es un proceso interminable de ensayo y error. Existen innumerables defectos y vulnerabilidades que explotar, y no escasean las personas deseosas de aprovecharlos. El hecho de que los peligros de la nueva tecnología suelan ser más evidentes que sus beneficios puede hacernos reacios al riesgo, especialmente cuando el asunto es tan importante como la educación o la política.

Lo contrario es cierto. Como imploré en mi artículo en The Economist, estas cosas son demasiado importantes como para no cambiarlas, para no arriesgarse cuando nos están fallando tanto. Nuestra cautela ha permitido que nuestras necesidades superen con creces a nuestras capacidades, dejando nuestra nueva tecnología y sus beneficios distribuidos de forma desigual, lo que ha provocado desequilibrios peligrosos.

Un remedio para la brecha digital

Conectar igualdad, uno de los planes de Argentina para reducir la brecha digital. Foto Juano Tesone

Conectar igualdad, uno de los planes de Argentina para reducir la brecha digital. Foto Juano Tesone

No estoy diciendo que tengo el remedio, solo realizo un diagnóstico, que es el primer paso. No existe una varita mágica, tecnológica o no. Pero debemos empezar a intentar no algo, sino todo lo necesario para encontrar el modo de llevar a la gente de forma segura a la plaza pública en lugar de arrojarle ladrillos desde fuera.

Volviendo a nuestra metáfora de la alta tecnología, necesitamos actualizaciones. No serán tan rápidas ni tan predecibles como las del hardware de un PC, pero no importa. Lo bueno es que no necesitamos una gran cantidad de hardware para mejorar nuestra capacidad de respuesta democrática; lo que necesitamos es mejorar el software. Es decir, los procesos que utilizamos para traducir la voluntad del pueblo en acción gubernamental. La infraestructura ya existe, incluidos los chips rápidos, la banda ancha, los teléfonos inteligentes y las plataformas de redes sociales que todos usamos con regularidad.

(Con la salvedad de que no queremos aumentar la «brecha digital», sino salvarla. Si los ciudadanos no disponen de las herramientas necesarias para lograr estos avances, el problema se debe abordar. ¡El Gobierno construye carreteras, no automóviles, y proporcionar la infraestructura tecnológica para que todos participen en una democracia sana es al menos tan importante como conducir!)

Beneficio real de la elección pública

Di algunas sugerencias más específicas en mi artículo de The Economist. El ejemplo más claro de los principios de los que estoy hablando es el voto consultivo, una plataforma pública en línea donde las personas puedan expresar sus intereses y opiniones. Y por «público», no me refiero solo a que está abierto al público, sino a que esté, al menos en parte, financiado con dinero público y sin fines de lucro. Los ID deben ser únicos y no debe haber troleo, spam ni secuestro. Si se pregunta por qué no se ha creado antes algo así, hay dos respuestas. La primera es que ya existe, aunque con alcance y escala limitados. La segunda es que, dado que no es rentable por diseño, las grandes empresas o las nuevas no tienen ningún interés por crear algo así, aunque en realidad no se trataría de un competidor.

El uso de tal plaza pública digital no solo sería para encuestas en tiempo real. Después de un mayor desarrollo y de que aumente la confianza en el sistema, se podría ampliar a las votaciones locales y más allá. También es posible una versión mixta, donde en lugar de votar directamente por los candidatos, se eligen elementos de una plataforma tema por tema, que luego pueden ser respaldados por los candidatos en lugar de que los partidos apliquen la misma plataforma a todos.

Hace ocho años, la oposición rusa probó algunas versiones simples de votación en línea porque las autoridades nos negaron la posibilidad de celebrar convenciones o elecciones reales. Los votantes podrían agregar elementos a la plataforma por mayoría y seleccionar a sus candidatos en función de su posición con respecto al tema en lugar de la opinión del partido. Las versiones mejoradas de estas herramientas se podrían usar para crear un revulsivo en los partidos estancados en democracias como el Reino Unido y los Estados Unidos. En lugar de ser bombardeado por opiniones externas en las redes sociales, el sistema puede absorberlas y representarlas con mesura, y los políticos pueden responder a ellas, o no. La esfera pública puede recuperar parte de la autoridad de la que ha abdicado en favor de las empresas tecnológicas de Silicon Valley y sacar el pulgar de los gigantes de las redes sociales de la balanza del bien público.

La generación de Facetime llega a las urnas

Facetime cambió la forma de relacionarse. Foto EFE

Facetime cambió la forma de relacionarse. Foto EFE

La buena noticia es que los nativos digitales han alcanzado la mayoría de edad. Los niños nacidos en los años 80 y 90 ya no son niños, cada vez tienen más influencia y deberíamos fomentar esta transición. Los ancianos que antes temían a la tecnología la están adoptando a medida que esta proporciona acceso a un mayor número de servicios y comodidades esenciales.

Desde pedir comida y comprar en línea hasta comunicarse por Facetime con hijos y nietos, usar asistentes digitales y llamar a un Uber, la marea se ha convertido en una inundación, en parte debido a una pandemia que ha acelerado muchos comportamientos digitales.

Cambiar seguridad por transparencia

La seguridad será primordial. Todas las actividades comunes que he enumerado se enfrentan aún a importantes problemas de seguridad y privacidad, por si no fuera suficiente para asustar a las personas para que no las usen. Nuestra democracia es más importante que una tarjeta de crédito, por eso debemos tratarla con cuidado. La cooperación entre lo público y lo privado será esencial, ya que los principales profesionales de la seguridad están en el sector privado y no necesitamos ni queremos que el Gobierno construya algo desde cero. No basta con disponer de buenos sistemas de verificación, la gente debe confiar en ellos. Esto requiere no solo seguridad, sino también transparencia y cierto grado de confianza en el sector público, que ha ido en declive durante décadas.

Cuando el presidente estadounidense difunde información falsa sobre la integridad de las elecciones, podría parecer un mal momento para pedir confianza en la política digital. Pero sostengo que hace que sea más importante que nunca construir sistemas limpios y transparentes. Todos merecen que se escuche su voz, pero confiar en nuestras elecciones, el pilar más básico de la democracia, nunca debe ser una cuestión de opinión.

Por Garry Kasparov, maestro del ajedrez, presidente de la Fundación de Derechos Humanos en Nueva York y embajador de la seguridad de Avast, para Clarín



Fuente