A 35 años del Mundial 86: “Diego me dejó como una estatua”, la confesión de Giovanni Galli tras el primer impacto de Maradona



Giovanni Galli fue amigo de Diego Armando Maradona. Lo admiraba porque en sus días de arquero de la élite de la Serie A se daba cuenta de que nadie lo podía parar a ese diez que jugaba para los del Sur, los destinados a las migajas, los que nunca ganaban nada. Scudettos, cero. Desprecio del Norte, siempre.

“El se encargó de cambiar todo. Desde que llegó Diego nos dimos cuenta de que ya nada sería igual. Sabíamos que había llegado para cambiar todo. Y lo hizo”, contó el arquero que jugó en Fiorentina, Milán y que luego Diego lo llevaría al Napoli que venía de ganar el Scudetto de 1990, el segundo.

Ellos, que se apreciaban mucho, se volvieron a ver en un partido muy relevante de esa primera rueda del Mundial de México 86. Por el Grupo A, se enfrentaban el defensor del título, los que se visten de azul y siempre son candidatos, y la Argentina de ese Maradona quien venía de ofrecer tres asistencias en la victoria ante Corea del Sur. Fue un partido parejo, al margen del uno a uno final.

Alessandro Altobelli cambió por gol un penal polémico a consecuencia de una torpeza de Oscar Garré. Demasiado temprano, a esos siete minutos para estar en desventaja ante una Italia especialista en defenderse.

Pero del otro lado, de nuestro lado, el crack de Fiorito comenzaba a manifestarse. Con su zurda, con su juego, con su esplendor, con esos destellos imborrables, con Argentina en desventaja, Diego apareció por la izquierda y el remate imposible se convirtió en empate, con Galli en el primer palo la cruzó al segundo. Iban 34 minutos del primer tiempo. El arquero italiano medía entonces y ahora 187 centímetros de pura destreza de pura elegancia. No alcanzó tampoco esa vez. Contra un Diego convencido todo parecía imposible. 

“Me dejó parado como a una estatua”, confesó el arquero nacido en Pisa. Detalle curioso, o determinismo, Galli fue una estatua torcida como la de su ciudad natal. En los caminos de Maradona siempre hay algo de poesía.

El Diez comenzaba a demostrar que su fútbol sería imparable y que sus goles, inmejorables. Era un anticipo. El empate le sirvió a ambos para pasar de ronda luego. Italia se encargó de vencer a Corea; y la Argentina, contundente, venció a Bulgaria y ganó el grupo.

Los senderos de Galli y de Maradona se volvieron a cruzar. Cuatro años después de aquella cita de 1986, en Napoli estuvieron juntos. Cuentan que por pedido de Diego, aquel arquero llegó al club del sur, una squadra ya vencedora. La que había construido el milagro de salir campeón en aquel 1987 en el que todo se reconfiguró en el Calcio, al menos hasta la salida de Diego

Pero había pasado otro Mundial, el del 90, una suerte de estigma para Diego. Le insultaron el himno. Y dijo lo que le nació, como siempre: “Hijos de puta”, en pleno estadio Olímpico de Roma, justo en la antesala de la final contra Alemania Federal. Lo retrata regularmente el cine y las series en estos tiempos de redes sociales y múltiples apariciones. 

Sin embargo, Galli y Maradona pudieron disfrutar juntos los últimos espasmos gloriosos en el Nápoles de San Diego. Ganaron la Supercopa de Italia. Los celestes del Sur le dieron una paliza fenomenal a la Juventus. Fue un 5-1 en el San Paolo con Diego como director de orquesta. Ellos dos se abrazaron al final, el arquero que había sido estatua un puñado de años antes y el mito que estaba comenzando a latir para siempre.

A los 63 años, ahora, lo confesó Giovanni: “Nunca me voy a olvidar de aquel abrazo cuando fuimos campeones juntos“. Diego siempre. 



Fuente