A 35 años de México 86: Maradona vs Francescoli, el comienzo de una hermosa amistad


Enzo Francescoli ya era El Enzo. Todavía no había logrado todo en River, pero no había discusión respecto de lo que era: un crack. Pero se cruzó en el camino, en aquellos octavos de final del 16 de junio con la Argentina de Diego Maradona. El duelo se presentó como el Diego contra El Enzo. Y concluyó como todo en este Mundial 86: ganó Maradona.

El compañero de habitación de Maradona en la concentración del América, Pedro Pablo Pasculli, resolvió la situación. A los 42 minutos del primer tiempo transformó un rebote en un gol. En el único tanto del partido. Lo contó Jorge Valdano bastante tiempo después: “Pasculli le hizo un favor a la patria; con ese gol empezamos a ser campeones”.

Diego jugó un partidazo, le anularon un gol, su actuación merecía que se lo adjudicaran. Con ese tanto, Maradona hubiese sido el máximo anotador de la Copa del Mundo junto al inglés Gary Lineker, ambos con seis gritos. Pero el error de los árbitros le impidió acceder al premio.

En el segundo tiempo, con el partido 1-0, Maradona jugó rápida una pelota para Valdano que se escapó por la derecha y se metió en el área. Remató, pero el arquero uruguayo Fernando Álvez desvió el tiro. Por atrás llegó Diego, más rápido que un rayo, para ganarle al defensor Miguel Bossio y poner el botín zurdo para mandar la pelota a la red. El festejo duró un suspiro, hasta que se convirtió en lamento. El árbitro italiano Luigi Agnolin, que lo conocía de la Serie A, le cobró plancha. Diego no lo podía creer.

Para Pelusa, según cuenta en el libro “México 86, mi verdad”, el partido ante Uruguay en Puebla fue “el mejor de todo el Mundial”. “No perdí un mano a mano, les gané a todos los uruguayos que se me pusieron enfrente. Nunca me vieron. Incluso, escuché al Flaco Francescoli que les dijo a sus compañeros ‘¡agárrenlo aunque sea de la camiseta!’, rememoró.

Se trató de un partido complejo. El duelo de estrellas, quedó claro, lo ganó Maradona, como todo en ese Mundial. Fue la figura de la cancha. Sus acrobacias de crack también estuvieron presentes. El Enzo había sido neutralizado por el dispositivo defensivo de Bilardo, aunque un remate suyo que controló Pumpido pudo haber significado el inmerecido empate; a Diego ninguna patada uruguaya lo pudo frenar. La garra charrúa, en esa oportunidad, ni siquiera pudo aminorar la marcha del Diez.

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“Y sí, fue el gol más importante de mi vida”, contó muchas veces Pasculli, ya con más kilos y menos pelo que en aquella ocasión memorable.

Nery Pumpido sufrió poco en aquel clásico del Río de La Plata que se había trasladado al Mundial. Casi ni le patearon al arco (excepto por ese remate de Enzo). La Argentina de Diego dominó todo el partido. Pero la angustia duró hasta el último de los suspiros. Ese 1-0 se pareció poco a lo que había ofrecido el desarrollo. Sin embargo, esa victoria sirvió para consolidar el plan de Carlos Bilardo. El equipo, aún con pequeñas variantes, ya estaba armado.

El fútbol no quiso que Maradona y Francescoli se volvieran a cruzar en Italia, cuando Enzo estaba en el Cagliari y Diego completaba su última temporada en el Napoli, en la temporada 90/91. Pero volvieron a chocar en un River-Boca en el Monumental, en 1995, que terminó 0-0. El argentino volvía de la dura suspensión por doping que había sufrido en el Mundial de Estados Unidos y el uruguayo había declarado: “Es un verdadero rey del fútbol”, en claro signo de apoyo.

Aquella tarde en el Monumental se dieron un abrazo inolvidable, aunque la hinchada del Millonario silbó al nacido en Fiorito. Y de lo poco que pasó en el partido se destaca un centro de derecha de Diego que dio en el travesaño y la respuesta de Enzo, con otro envío que rozó el poste. Al final del partido intercambiaron las camisetas. Después, la pelota los reunió en el año 2000, en Montevideo, para el homenaje del ídolo de Peñarol el Pato Aguilera. Y luego en la Bombonera, en 2001, en la despedida de Diego. Los hinchas de Boca repudiaron la presencia del Príncipe, pero Pelusa con un gesto los mandó a callar. Una amistad entre rivales que siempre tiraron paredes adentro y afuera de la cancha.



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